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Con el nombramiento de los portavoces de la Casa de Nariño, el presidente electo Abelardo de la Espriella estrena una nueva estrategia de comunicación y ensaya otra forma de distribuir el poder dentro del Ejecutivo.
La periodista Carolina Gómez y Miller Soto, abogado y amigo personal del presidente electo, serán desde el 7 de agosto las dos únicas voces autorizadas para comunicar oficialmente las decisiones del Gobierno. Todo lo que no pase por esa oficina no será posición oficial del Ejecutivo, así provenga de ministros o altos funcionarios.
Se trata de otra receta importada de sus referentes, como lo es la Casa Blanca y la figura de la secretaría de prensa. Allí, sin embargo, la vocería complementa al presidente; no lo sustituye y responde a un arreglo institucional propio de ese sistema. En Colombia tampoco es una idea nueva. Uribe, Santos y Petro intentaron disciplinar la comunicación de sus gobiernos, pero ninguno convirtió una oficina de vocería en el único canal autorizado para hablar por todo el Ejecutivo. Nuestro presidencialismo ha descansado sobre el principio de que los ministros responden por sus sectores y el presidente por todo el conjunto.
La novedad, entonces, no está en la existencia de voceros sino en la arquitectura política que parece dibujarse detrás de ellos. A mi juicio, gobernar produce dos activos políticos distintos. Uno es la legitimidad de las decisiones, que se construye explicándolas, aceptando el escrutinio, defendiendo reformas y rindiendo cuentas. El otro es la popularidad, alimentada por símbolos, cercanía, emociones y liderazgo. Ese reparto impone uno de los mecanismos más eficaces del populismo contemporáneo que intenta preservar para el líder la comunicación emocional con la ciudadanía, mientras el aparato institucional absorbe el desgaste cotidiano de gobernar.
Es la fórmula de Nayib Bukele, que delega la gestión técnica en su gabinete mientras concentra para sí el relato en redes sociales. Y es también, salvando las distancias institucionales, una lógica presente en la relación entre Trump y Leavitt. No se trata solo de una estrategia de comunicación sino de una forma de distribuir los costos y los beneficios del poder al servicio de una lógica populista.
La elección más reñida de las últimas décadas —menos de 300.000 votos de diferencia— explica esa apuesta, porque un país dividido casi exactamente por mitades convierte el capital político del presidente en el activo más valioso de su gobierno. Preservarlo es una condición de supervivencia para un proyecto que difícilmente gobernará por consenso y dependerá, en buena medida, de mantener viva su conexión con la calle.
Si la fórmula de De la Espriella funciona, no estaremos simplemente ante una innovación en materia de comunicaciones, sino ante una nueva forma de administrar el presidencialismo colombiano.
Coda
En el estado de Maine, un colombiano de 26 años —con papeles en regla y frente a su hija de tres años— murió baleado por un agente de ICE sin ser siquiera el objetivo del operativo. ¿No es este el ejemplo perfecto de lo que podría implicar la lealtad absoluta del primer presidente estadounidense (por elección) de la historia de Colombia?
