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El populismo —de izquierda o de derecha— tiene la capacidad de blindar a sus líderes del desgaste del poder. Esto es claro en el caso de Gustavo Petro y su candidato Iván Cepeda, quienes atraviesan indemnes las encuestas en medio de turbulencias que, en cualquier otro contexto, resultarían letales políticamente. No es un fenómeno nuevo, pero sí particularmente visible hoy en Colombia.
Esa inmunidad se explica, de un lado, por una especie de grillete intelectual en lo ideológico de parte de la izquierda colombiana que la hace reticente a la autocrítica. De otro lado, existen innegables avances en lo social que muchos colombianos perciben directamente. El incremento sostenido del salario mínimo, incluido el preelectoral del 23 %, ha inyectado recursos a millones de familias y programas como Colombia Mayor han ampliado su cobertura a cerca de 1,7 millones de beneficiarios. A ello se suman transferencias a millones de hogares mediante Renta Ciudadana y la devolución del IVA, así como la política de tierras, con cerca de dos millones de hectáreas tituladas y otras en proceso de adjudicación. En medio de la crisis de la salud, territorios históricamente abandonados han visto presencia estatal con brigadas médicas. Es innegable, además, la incorporación al debate público de sectores antes invisibles, hoy reconocidos como interlocutores legítimos.
Sin embargo, en medio de una corrupción galopante, el gobierno insiste en una política de “paz total” que ha debilitado el control territorial y la seguridad. Se han fortalecido estructuras criminales y economías ilícitas. Paralelamente, el país ve morir niños por la crisis de la salud derivada del desmantelamiento del sistema y se evidencia una deriva autoritaria de Petro en decisiones que tensionan la institucionalidad, como el reciente choque con el Banco de la República en un contexto de crisis fiscal sin precedentes. Aun así, nada parece afectar el respaldo popular al oficialismo.
El populismo de izquierda, alimentado por la narrativa de lucha de clases, no solo le apunta a la redistribución de recursos; también redefine la realidad: convierte denuncias en ataques, investigaciones en conspiraciones y las críticas en la prueba de la resistencia de las élites. La información existe, pero no logra permear al ciudadano que percibe beneficios directos. Vencer ese teflón exige una oposición capaz de hacer inteligible la información, con el concurso de la sociedad civil, el periodismo y liderazgos que conecten los actos de mal gobierno con sus efectos concretos. Mientras la corrupción se perciba como abstracta —o como un costo aceptable frente a beneficios inmediatos—, el teflón populista estará garantizado.
El arma del populismo convertida en instrumento de poder que, al tiempo que distribuye beneficios, tolera o encubre redes de corrupción, en vez de justicia social produce otra forma de desigualdad en la que los ciudadanos reciben algo, mientras otros —más cercanos al poder— obtienen mucho más.
No existe cambio social logrado por este gobierno que compense las distintas formas de descomposición del poder ejecutivo y los enormes problemas que le deja a Colombia. En ese contexto, el silencio del candidato Iván Cepeda refuerza la idea de un continuismo complaciente y en sí mismo corrupto.
