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Incidir: un deber ciudadano

Cristina Carrizosa Calle

07 de mayo de 2026 - 12:05 a. m.

Hay momentos en política en los que insistir deja de ser virtud. Abraham Lincoln lo entendió en medio de la guerra civil; su prioridad no era aferrarse a una posición, sino preservar la Unión, incluso si ello implicaba postergar otras convicciones.

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A cuatro semanas de la primera vuelta, las encuestas dibujan una tendencia consistente: la contienda se cierra alrededor de pocas candidaturas con opción real de pasar a segunda vuelta.

Al medir la intención de voto, las encuestas también delimitan el campo de lo posible. El escenario es una evidente polarización, azuzada por los extremos: de un lado, la izquierda utilizando el bulldozer estatal que ofrece continuismo —más de lo malo que de lo bueno—; del otro, una derecha que ha encontrado rédito en narrativas que exacerban las emociones básicas y simplifican los dilemas apelando más a la reacción que al discernimiento. En medio, el centro político no logra conquistar al electorado lo suficiente para ganar, pero sí conserva un peso decisivo en el desenlace.

La historia está llena de momentos en los que el purismo de las ideas no es lo responsable. En Colombia, el Frente Nacional no fue la expresión de una coincidencia ideológica, sino la decisión de dos fuerzas enfrentadas de ceder espacio para evitar un deterioro mayor. En la Elección presidencial de Francia 2002, el paso de Le Pen a segunda vuelta frente a Chirac reordenó el escenario político en lo que se denominó un cordon sanitaire: sectores enfrentados cerraron filas en torno a una candidatura ajena para proteger un bien mayor. El dilema lo resolvió la conciencia política de que no todas las opciones eran equivalentes cuando estaba en juego el sistema.

Preservar la democracia liberal debe ser la mayor afinidad entre distintos. En ciertos contextos, proteger el sistema pesa más que disputar su control. Esa claridad debería surgir del talante democrático de quienes conciben la política como un vehículo para un mejor futuro común. Triste aceptarlo, pero el 5 % que suman Claudia López y Sergio Fajardo no parece remontar. El voto en blanco no gobierna y la abstención es un fracaso democrático. La capacidad real del centro no es llegar al poder, sino incidir en quién lo ejerce.

Durante meses creí —como muchos— que la mejor manera de aportar al país era sostener la opción de Sergio Fajardo: moderado, demócrata experimentado y sin una mácula en su trayectoria. Sin embargo, hoy pienso que persistir no nos hace coherentes: ni a él como estadista, ni a mí como votante. En el mejor de los casos, nos conduce a la irrelevancia. Se trata de entender dónde puede el centro dejar una huella y reconocer que, a veces, la influencia pesa más que la pureza; que entre la fidelidad a una preferencia y la responsabilidad frente a un desenlace hay que elegir. No es momento de convicciones intactas, sino de decisiones que asumen sus consecuencias. No es el voto ideal, pero sí el que hoy debo dar.

La fórmula Paloma–Oviedo no representa coincidencia plena, sino convergencia necesaria: una derecha que atempera su discurso y un centro que asume que su papel es incidir en quién gobierna. Al final, en política, no basta con tener la razón. La historia ha sido implacable con quienes confundieron firmeza con obstinación y coherencia con indiferencia frente a las consecuencias.

Por Cristina Carrizosa Calle

Abogada egresada de la Universidad de los Andes, con experiencia de más 25 años como consultora y asesora tanto en el sector público como en el privado. Fue asesora de la Presidencia de la República, diplomática y directora de organizaciones que emprenden proyectos de alto impacto social. Columnista y panelista radial
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