La jugada lanzada por el presidente Petro a los Estados Unidos el pasado domingo, en horas en las que se suele dormir, le salió mal a todos los colombianos que sufriremos las consecuencias, aparentemente mitigadas, del acto de gobierno más inconsciente, irreflexivo e imprudente desde su posesión, por los efectos que este tendrá.
La gravedad de la crisis se explica, sobre todo, por una balanza comercial débil y dependiente de los Estados Unidos, a donde llega más de una tercera parte del total de nuestras exportaciones. Así mismo, se dice que un millón de puestos de trabajo se pusieron en riesgo y algunos economistas hablan del medio punto del PIB que se habría perdido este año, así como el freno al descenso de la inflación, la disparada del dólar y la desaceleración de la economía.
El pulso no duró siquiera veinticuatro horas. Gracias al excanciller Murillo, al embajador García-Peña y la nueva canciller, Laura Sarabia, se logró evitar la retaliación de Estados Unidos al aceptar las condiciones impuestas por ese país. Esto a pesar del mismo presidente Petro quien, mientras sus funcionarios trabajaban sensata y responsablemente, continuaba enviando mensajes a través de X desde algún lugar de descanso. Al día siguiente del estallido de la crisis, el presidente se ufanaba por los 33 millones de vistas del trino que puso en riesgo a 50 millones de colombianos y ha continuado su prosa tuitera de lenguaje florido y rebuscado con la que reafirma su estilo de mando irreflexivo que antepone sus convicciones ideológicas al juicioso pragmatismo de un estadista.
Así las cosas, el incidente dejó fracturas difíciles de soldar entre los dos gobiernos que Petro no parece interesado en aliviar. Hasta hace unos días era sensato pensar que Colombia significaba poco para la política internacional de los Estados Unidos y que todos los temas binacionales eran del resorte y preocupación de funcionarios de segundo nivel de ese gobierno. Pues bien, eso cambió. El presidente Petro consiguió que Trump convirtiera a Colombia en pieza de vitrina de su política exterior, no solo de cara a América Latina, sino frente al mundo. El TLC probablemente será revisado con lupa, así como cualquier acuerdo hasta hoy firmado entre los dos países. Se dificultará la consecución de visas de turismo, negocios y trabajo; se verán filas más largas de colombianos ante los agentes de inmigración, revisiones más exhaustivas a equipajes, trámites de inmigrantes más dispendiosos, negocios menos ágiles. En fin, una historia de relación diplomática construida con filigrana se vino al piso por la soberbia y altivez del presidente Petro disfrazado de digno frente al poderoso.
Se vienen meses de incertidumbre por las salidas en falso tanto de Trump como de Petro que puedan precipitar un prolongado conflicto diplomático. Las personalidades de ambos mandatarios tienden a parecerse: los dos necesitan mostrar su brillo, ambos se sienten unos salvadores y ambos son populistas. Pero mientras Trump está en la cúspide de su popularidad y en los inicios del gobierno de la primera potencia mundial, Petro está en el declive de su favorabilidad y tiene poco que mostrar en el ocaso de su gobierno.
En medio de ese desolador panorama que Petro y el petrismo no comprenden, el presidente desconoce nuevamente la dignidad de su investidura como jefe del Estado; convencido de hacer lo correcto, pone en grave riesgo la estabilidad económica del país.