El pasado lunes, el presidente Gustavo Petro atacó directamente y con nombre propio a dos de los principales medios de comunicación del país y a los colombianos que son sus televidentes y oyentes. Se refirió a la sociedad colombiana como “embrutecida” por esos medios y como “embrutecedor” a los mismos, ante lo cual la indignación ha sido generalizada.
Las corrientes progresistas han adoptado la llamada “cultura de la cancelación”, que borra todo pensamiento que pueda asociarse a lo injusto o discriminatorio, a partir de valores actuales. Establece que cualquiera es libre de pensar como quiera, pero cuando se trata de una persona pública, estas opiniones podrían convertirse en referentes culturales peligrosos y ofensivos para la sociedad, que deben ser canceladas.
¿No es exactamente lo que debería hacer el ciudadano con mayor responsabilidad en un país como es su jefe de Estado? ¿No debería el presidente ejercer su derecho de expresión en su propia casa y sin invadir la esfera ideológica y cultural de los colombianos?
El presidente, que nos habla siempre desde su superioridad moral, pasa a tildar a los colombianos de “embrutecidos”, desde una especie de supremacía intelectual que nos irrespeta, porque nos presenta como unos incapaces sin espíritu crítico. Nos infantiliza y discrimina al asumir que no somos capaces de hacernos nuestros propios juicios ante medios que, paradójicamente, nos lo han presentado a él desde sus inicios en la vida política, después de haber sido un subversivo. El presidente maltrata a los periodistas y analistas de esa prensa, a quienes somos su audiencia, y a él mismo, al haberse servido de ella para echarnos sus carretazos o al celebrar encuestas promovidas por esos medios, cuando le han sido beneficiosas.
Ofende, además, el señor presidente, a actores, actrices, humoristas, comediantes, que públicamente se han manifestado a su favor, incluso haciendo activismo. Insulta a quienes vemos con ilusión Masterchef, o La Voz Kids, o La Niña, o Rigo, al igual que millones de personas alrededor del mundo, porque esa es una industria exportadora. Parecería que desconoce el señor presidente, que la economía creativa representa alrededor del 3 % del PIB y ocupa a más de 500.000 personas en Colombia.
Si alguien tiene el deber de autocensura es Gustavo Petro, quien no es cualquier ciudadano, sino quien debe garantizar que esos medios puedan expresarse con absoluta libertad, que los televidentes y radioescuchas no sean víctimas de insultos al elegir lo que consumen, que los trabajadores de esa industria no corran el riesgo de ser agredidos violentamente, como ha sucedido en las manifestaciones promovidas por el Pacto Histórico.
La expresión libre es fuente y también resultado de un sistema democrático. Voltaire le diría al presidente que, puede no gustarle lo que hagan o digan ciertos medios, pero en su condición de jefe de un Estado de derecho debe hacer cuanto esté a su alcance por no ultrajar esa libertad y por defender su existencia. La cultura de la cancelación nos invita a revisar formas dañinas de expresión y nos pone a reflexionar con la autocensura. Le diría entonces al señor presidente que, como buen progresista, la aplique.