No hay dudas sobre el éxito rotundo de la marcha del pasado domingo para la oposición y del golpe a la ya maltrecha gobernabilidad del Gobierno, que otorga mayor margen de maniobra política al Congreso en contra de las malas y poco concertadas reformas. Pero una cosa es hablar del triunfo incuestionable de la derecha, y otra del real ganador de la jornada, por lo que esta implica para el devenir de la política nacional.
Es cierto que entre las multitudes de la marcha se vio algo de la perorata de esa derecha que sólo hace culto a lo propio y envalentonada apela a lo más primario del sentimiento político reflejado en banales consignas, en una curiosa forma de entender la democracia que ve amenazada, mientras vocifera en absoluta libertad, “fuera Petro” y similares.
Sin embargo, lo que primó en la movilización fue una ciudadanía sana de clase media trabajadora, que manifestó sus legítimas preocupaciones por el maltratado sistema de salud, por su pensión, por el costo de la vida, por la paz y por la incertidumbre sobre las reglas del juego en democracia que la Constitución custodia. Marchó la gente que mueve la economía del país, la opinión pública y parte de la que eligió a Gustavo Petro como presidente.
En ese contexto, el centro político ganó al reencontrarse con sus bases después del estruendoso fracaso en las elecciones del 2022, en un gran movimiento de resistencia civil, vibrante y heterogéneo. El centro, inexistente para muchos pero señalado por todos, es el que está en grado de rentabilizar, en el mejor sentido de la palabra, el clamor popular del domingo. Mientras la izquierda que gobierna se debilita por su radicalización y la derecha se queda corta en la comprensión de la real necesidad de cambio, la voz del centro encuentra el espacio capaz de generar conversaciones pragmáticas y mesuradas. En momentos de crispación, el centro cuenta con lo necesario para retomar la batuta en el debate político y asomar un liderazgo capaz de ofrecer lo que los extremos difícilmente logran, porque al no ser un catálogo de doctrina partidista, sino una forma de entender la política y de moverse en la línea ideológica de cara a resolver los problemas de la sociedad, se aleja de los populismos que nutren narrativas vengativas por siglos de injusticia, por un lado, y de los miedos a perder lo conquistado, por el otro.
Petro corre el riesgo de ser la oportunidad perdida para la izquierda de un país que requiere avances sociales y un cambio en las estructuras culturales que han llevado a Colombia a ser uno de los países más desiguales del mundo; pero, utilizar las manifestaciones como peleas de gallos en la que el gallo es el pueblo, es riesgoso y estresa a la Nación. La calle no es en sí misma una institución democrática, sino un recurso para su defensa. La calle no decide, la calle opina.
El 21A, en mi opinión, es el hecho político más relevante después de la elección de Gustavo Petro como el primer presidente de izquierda de la historia del país. Veremos si él encuentra las vías para honrar semejante compromiso, si las fuerzas de oposición guardan compostura democrática y si el centro se da a la tarea de reconfigurar políticamente una opción que atienda las voces de una ciudadanía como la que vimos caminar el domingo.