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Los resultados de las consultas del pasado 8 de marzo no solo dibujaron un bosquejo de lo que será el tarjetón de la primera vuelta presidencial; también dieron luces sobre cómo deberán reacomodarse las fuerzas políticas de los extremos para batir al candidato del petrismo, Iván Cepeda, quien parece tener un puesto seguro en la segunda vuelta.
Si algo parece claro luego de los comicios es que ni la derecha más exacerbada ni el petrismo más intransigente garantizan ser electoralmente suficientes. En ese forcejeo no será la fuerza bruta ideológica la que determine la estrategia para la victoria. Las derechas deberán suavizar su discurso si quieren lograr alianzas con otros sectores y convencer al electorado más aplomado.
No es casual el evidente viraje hacia la moderación que ha mostrado el expresidente Álvaro Uribe desde hace meses. En época preelectoral lideró conversatorios con apertura a distintos sectores políticos, le cerró las puertas al ultraderechista De la Espriella, el Centro Democrático eligió como candidata a la menos radical de sus integrantes y el pasado martes escribió en su cuenta de X: “Es necesario entender los nuevos tiempos, escuchar con atención y respeto las ideas diferentes, sin abandonar los principios que nos guían”. El mensaje es claro: la construcción de una mayoría electoral estable pasa por abandonar las lógicas identitarias y abrirse a terrenos políticos más amplios.
No obstante ese tránsito, Paloma Valencia se fortaleció tras imponerse en la gran consulta, aunque su victoria no fue lo suficientemente holgada. El resultado confirma que cualquier candidatura que aspire a ganar –y luego a gobernar– deberá ampliar su base hacia el centro político. Esa es la razón por la que la candidata del Centro Democrático apeló al millón doscientos cincuenta mil votos obtenidos por Juan Daniel Oviedo, segundo en esa consulta y hoy fenómeno político del momento. Oviedo, perfecto tecnócrata, ha logrado conectar desde su “buena onda”; le habla a la juventud y a la diversidad, y es sensible a los asuntos de paz y derechos humanos. De hecho, la decisión sobre si será o no vicepresidente radica en acordar con la candidata la continuidad de la Justicia Especial de Paz. Al momento de enviar esta columna no se conoce aún el resultado de esas negociaciones. Otros nombres se barajan para ese cargo, pero el solo hecho de que estén sobre la mesa demuestra que el centro no solo existe, sino que tiene incidencia real en el desenlace de la elección presidencial.
Así lo entendió también el candidato de la ultraderecha, Abelardo de la Espriella, quien eligió como fórmula vicepresidencial al exministro José Manuel Restrepo, académico de impecable trayectoria y ánimo mesurado. Veremos cómo encajará ese perfil dentro de un proyecto político de corte populista de extrema derecha.
Elegirse y gobernar con el aplomo que caracteriza al centro político no significa renunciar al carácter ni a las convicciones, sino someterlas a la prueba de la realidad para convertirlas en acuerdos capaces de sostener la unidad de una nación. Quien así lo entiende tendrá en sus manos la llave de la gobernabilidad.
Y a todas estas… ¿Por qué no ir a la fija y darle el voto a Sergio Fajardo?
