El término “estadista” suele usarse con ligereza como sinónimo de liderazgo de un gobernante. Sin embargo, en teoría política el estadista no es simplemente quien ejerce el mandato —incluso con buen juicio—, sino quien conduce una nación con visión estratégica de cara al futuro, con responsabilidad institucional y capacidad de construir consensos encaminados a sentar acuerdos sobre lo que conviene al conjunto de una colectividad.
A mi juicio, esa categoría se nutre de aportes teóricos a la ciencia política. Max Weber, por ejemplo, distinguió entre la “ética de la convicción” y la “ética de la responsabilidad”; Bismarck afirmaba que la política es el arte de lo posible, y Edmund Burke defendía la prudencia frente a la tentación de desmantelar instituciones en nombre de principios absolutos.
La responsabilidad política, el pragmatismo y la prudencia del estadista definen un método que supone una condición estructural: no es posible conducir una nación desde los extremos ideológicos. El llamado centro, que ha servido como etiqueta electoral, constituye en realidad una forma del ejercicio del poder. El centro —entendido como el límite consciente—, sin renunciar a una línea ideológica básica de quien recibió el mandato ciudadano, permite recoger elementos de derechas e izquierdas que, en una coyuntura específica, conforman la arquitectura de los consensos que mantienen la unidad de la nación.
Hoy sobran ejemplos: Giorgia Meloni llegó con credenciales nacional-conservadoras y, sin renunciar a su identidad, ha gobernado con continuidad responsable dentro de los compromisos europeos y una política exterior prudente, entendiendo que la conducción nacional exige moderación y confiabilidad. Del otro lado, Lula da Silva, desde una izquierda sindical combativa, ha sostenido disciplina fiscal sin sacrificar programas sociales, apoyado en mayorías amplias: comprendió que sin centro como método y sin equilibrio de gobierno no hay legado de estadista.
Sin embargo, a diferencia de Italia y Brasil, en Colombia el talante de estadista no se vislumbra entre los punteros de las encuestas en la campaña electoral colombiana. De un lado, el discurso del candidato de la ultra derecha que llama a la confrontación mediante un liderazgo construido en la furia de un sector azuzado con narrativas refundacionales, y de otro, la promesa del gris candidato de la izquierda que ofrece la prolongación irreflexiva de un proyecto montado en la lucha de clases, sin revisión crítica al gobierno más corrupto de la historia reciente del país, representan modelos populistas expertos en movilizar apoyos fáciles, pero incapaces de garantizar desarrollo y estabilidad institucional. Llegan al poder para simplemente gerenciar conflictos no resueltos e irresolubles por quienes no muestran carácter de estadistas.
Así las cosas, el único candidato presidencial que refleja el talante de estadista, en los términos anteriormente explicados, es Sergio Fajardo, quien no gobernaría para las tribus sino para el bienestar de la nación y de sus futuras generaciones. En tiempos de polarización, proponerse para gobernar desde el centro no es tibieza; por el contrario, resulta una valiente transgresión con vocación de trascender.