Tiene el acento romanesco de quien creció en La Garbatella, un barrio obrero del sur de Roma de fuerte tradición de izquierda, y el carácter recio de la clásica mujer romana. Desde adolescente, Giorgia Meloni militó en organizaciones juveniles de derecha, lejos de las élites tradicionales italianas. Aquella apasionada de Tolkien terminó convirtiéndose en la ministra más joven de la historia republicana de Italia. Durante años fue tratada por parte de la prensa como una figura pintoresca: demasiado vehemente para la sobria Europa, demasiado identitaria para gobernar y demasiado mujer para liderar una derecha dominada históricamente por hombres. Hoy, sin embargo, es probablemente la dirigente conservadora más sólida del continente y la primera mujer en ocupar la presidencia del Consejo de Ministros de Italia, uno de los países políticamente más complejos de Occidente.
Su estrategia ha sido la de moderar su discurso sin diluir su identidad. Su famosa frase de campaña —“¡Soy Giorgia! ¡Soy una mujer, una madre italiana y soy cristiana!”— terminó convertida en fenómeno viral. Nunca intentó masculinizarse ni hablar como tecnócrata; por el contrario, convirtió su maternidad, y su vida cotidiana alrededor de su hija, en una narrativa de autenticidad y cercanía.
Con su llegada al Palacio Chigi, muchos temían que la derecha dura de Meloni desestabilizara la relación con la Unión Europea, pero ocurrió lo contrario. Sin abandonar sus convicciones conservadoras, Meloni entendió que gobernar exige fijar límites incluso a los aliados ideológicos cuando están en juego los intereses nacionales y europeos. Lo demostró al tomar distancia de Trump en asuntos sensibles para Europa, privilegiando la estabilidad sobre la afinidad política. Así terminó convirtiéndose en el centro gravitacional de la derecha italiana, haciendo sombra incluso a su aliado Salvini, ese sí un neofascista de la Liga Norte.
Su mayor logro político ha sido superar estridentes liderazgos conservadores para unir sectores distintos alrededor del orden institucional. Comprendió que el elector contemporáneo puede reclamar firmeza sin autoritarismo e identidad sin histeria colectiva. Entendió que la nueva derecha exitosa en Occidente no es la más furiosa, sino la suficientemente firme para entusiasmar y suficientemente serena para gobernar.
Colombia enfrenta hoy una disyuntiva parecida. Se habla de una derecha fragmentada. No hay tal. Hay dos proyectos distintos: uno, el de la coalición Paloma-Oviedo, inscrito en la tradición de la derecha democrática, institucional, liberal en lo económico y respetuosa de la Constitución; otro, el de Abelardo de la Espriella, conectado con una tendencia de corte neofascista, más cercana a la caricatura mediterránea del caudillo vociferante que a la sofisticación política con la que Meloni domesticó los extremos. Confundir ambos proyectos bajo la misma etiqueta es un error político y analítico.
Meloni y Paloma representan hoy un fenómeno parecido: dos mujeres que entendieron que el liderazgo de la derecha democrática no consiste en exacerbar extremos, sino en contenerlos para gobernar con sentido institucional. Tienen la misma edad y ambas son madres de niñas de nueve años. En las dos, la maternidad parece haber fortalecido un liderazgo más humano, sereno y consciente. Como en la Italia de 2022, quien quiera frenar los peligrosos extremos, salvaguardando el equilibrio democrático, tiene en Paloma una opción segura.