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Lo externo y los extremos

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Cristina Carrizosa Calle
26 de marzo de 2026 - 05:05 a. m.
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Las tensiones geopolíticas que atraviesa hoy el mundo tienden a alterar, de manera inevitable, los equilibrios entre viejas y nuevas potencias y sus respectivos aliados. No es exagerado afirmar que asistimos a una suerte de nueva Guerra Fría, en la que las piezas del ajedrez global vuelven a moverse. En esa licuadora geopolítica se reproducen divisiones conocidas, pero también emergen nuevas reivindicaciones: de un lado, la defensa de los valores occidentales; del otro, la apelación a identidades milenarias y el intento de saldar deudas históricas atribuidas a Occidente. En medio de esa coyuntura (que parece empeñada en reordenarlo todo), Colombia se dispone a elegir presidente en una contienda marcada por los extremos ideológicos.

Muchos son los frentes de conflicto internacional con efectos directos sobre Colombia. Pero, sin ir tan lejos, basta observar el ánimo intervencionista de Trump en América Latina. Más que promover democracias, sus decisiones recientes podrían alterar de manera sustantiva el equilibrio regional. Mientras Cuba regresa al radar de Washington, Venezuela se configura como una suerte de protectorado, lo que acerca a Estados Unidos al vecindario. A ello se suma la tensión con Ecuador: asuntos comerciales y de seguridad nacional mantienen bajo presión la frontera. Alineado con Washington, Ecuador ha mostrado una creciente hostilidad hacia Colombia. En paralelo, el debilitamiento del multilateralismo y la proliferación de conflictos bajo la lógica de bloques reducen los márgenes de maniobra y obligan a países como el nuestro a fortalecer su política exterior, con la diplomacia como instrumento central.

El riesgo de un liderazgo como el de Iván Cepeda (más dogmático y menos desordenado que Petro) radica en su tendencia a interpretar la política exterior desde una matriz ideológica que privilegia afinidades con gobiernos y bloques distantes de Estados Unidos. La dificultad no reside en sostener una visión crítica del orden internacional, sino en hacerlo en medio de coyunturas de alta tensión, cuando la licuadora geopolítica está en plena marcha.

En el extremo opuesto, un liderazgo como el del “tigre” De la Espriella implicaría un alineamiento casi automático con la agenda trumpista y con las posiciones más duras de la derecha internacional. Ese repliegue podría traducirse en una política exterior de confrontación con gobiernos de izquierda en la región y en una lectura simplificada del escenario global, en la que la adhesión ideológica sustituye a una política de Estado sólida y sofisticada.

El manejo de la política exterior es un buen filtro para revelar la estatura de un estadista en la medida en que exige la capacidad de incidencia, de oportunidad y de leer el momento histórico par resguardar los intereses nacionales. En el actual escenario internacional, Colombia no puede permitirse una conducción de sus relaciones exteriores determinada por doctrinas: ni desde el dogmatismo que erosiona el pragmatismo de las alianzas estratégicas, ni desde el conservadurismo que convierte la afinidad en subordinación, con afectación de la soberanía. Elegir en mayo próximo a uno de esos dos extremos no es solo una opción democrática: es, en sí misma, una decisión que entraña otro más de los riesgos que asumiría Colombia al llevar al poder a un radical de derecha o de izquierda. Contamos con alternativas moderadas.

Cristina Carrizosa Calle

Por Cristina Carrizosa Calle

Abogada egresada de la Universidad de los Andes, con experiencia de más 25 años como consultora y asesora tanto en el sector público como en el privado. Fue asesora de la Presidencia de la República, diplomática y directora de organizaciones que emprenden proyectos de alto impacto social. Columnista y panelista radial
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