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La malquerencia entre uribismo y abelardismo no es solo una disputa coyuntural por el liderazgo de la derecha. Revela una diferencia ideológica de fondo entre corrientes de distinta naturaleza. Tras la victoria de De la Espriella, el Centro Democrático se declaró partido de gobierno y hubo señales de paz para salvar la coalición, pero la distancia entre Uribe y el presidente electo parece más profunda.
Aunque coinciden en seguridad, propiedad privada, reducción del Estado y rechazo al petrismo, no hacen parte de una misma familia política. El Centro Democrático nació alrededor de Uribe y conserva una impronta personalista, pero también se constituyó como partido de doctrina, con organización territorial, bancadas y órganos de decisión. Encarna, con sus contradicciones y matices, una derecha democrática e institucional.
Uribe tampoco se parece a De la Espriella y hoy es menos confrontacional y más dialogante. Insiste en que el gobierno dé garantías a sus opositores sin perseguirlos, en contraste con las amenazas de De la Espriella de extraditar a Petro y “acabar” con Santos. Comprende que los símbolos, el lenguaje y las formas de la ultraderecha en el poder dañan la salud democrática. Aliado de un gobierno de neoliberalismo extremo, insiste en atender los reclamos sociales y reivindica la génesis liberal de su partido. “Nos llamamos Centro Democrático, no por el centro del país”, dijo hace poco: una clara delimitación política.
El abelardismo responde a otra especie. Defensores de la Patria no se construyó sobre una doctrina, sino alrededor de un personaje histriónico, de estética propia, que se presenta como instrumento de Dios para nuestra salvación. Su lenguaje no es el del orden, sino el de la reconquista; no convoca a gobernar, sino a rescatar la patria de quienes la tomaron, incluidos sus tíos uribistas. Así convierte la competencia democrática en una batalla moral entre patriotas y enemigos. Es el nacional-populismo colombiano: tiene del trumpismo la adhesión a un hombre; del bolsonarismo, la cruzada moral; de Milei, la retórica antiestablecimiento y de Bukele, la promesa de imponerse sobre los límites institucionales.
No hubo división de la derecha, sino decantación ideológica. Bajo el techo uribista convivieron una derecha democrática y sectores radicales, menos comprometidos con los matices institucionales, que encontraron en el abelardismo casa, lenguaje y caudillo.
Esa separación no debilita el debate público, por el contrario, lo ordena y facilita los contrapesos. Un partido con identidad puede acompañar las políticas que comparte, limitar los excesos y ejercer una oposición responsable incluso como partido de gobierno, condición que está pegada con babas: ya rechazó el simbolismo antidemocrático de una posesión en una guarnición militar y podrá apoyar la reconstrucción postpetrista sin convertirse en aliado incondicional de la ultraderecha.
Uribe comprende el difícil momento de la democracia liberal. Por eso, el Centro Democrático será fundamental para contener cualquier deriva autoritaria del trumpismo nacional. Ojalá pudiera hacerlo desde la independencia y con el centro político como aliado.
