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Presidente, sorpréndanos

Cristina Carrizosa Calle

02 de julio de 2026 - 12:05 a. m.

Colombia acaba de vivir una de las elecciones más reñidas de su historia reciente. Menos de 300.000 sufragios separaron dos proyectos antagónicos de país. Esa diferencia le otorga a Abelardo de la Espriella la suficiente legitimidad para gobernar, pero no para hacerlo sin consideración de media Colombia que siente que perdió su esperanza de un país mejor.

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En las democracias maduras, los mandatarios recién elegidos suelen dirigir sus primeras palabras a quienes perdieron. Lincoln invitó a reconstruir su país “con malicia hacia nadie y con caridad para todos”. Más recientemente, Giorgia Meloni prometió en su investidura ser la presidenta del Consejo de todos; lo ha cumplido, hasta el punto de entrar en conflicto con su amigo Trump por defender los intereses de todos los italianos. Ellos entendieron que una cosa es hablarle al país como candidato y otra como jefe de Estado.

Ese es el reto que hoy enfrenta Abelardo de la Espriella. Salvo por una frase del día de la elección, sus apariciones públicas parecen dirigirse exclusivamente a “la manada”. De hecho, así le respondió a Karol G su amable carta en la que le pidió gobernar para todos: “Únete a la manada”, le dijo, como si ella, o quienes no votamos por él, hiciéramos parte de otro ecosistema. El presidente tiene una oportunidad de oro para iniciar su mandato despojado de la caricatura felina e investido de la estatura de un estadista.

Otro gesto transmitiría el mismo mensaje: renunciar voluntariamente a su ciudadanía estadounidense, no porque exista obligación jurídica, sino porque pocas decisiones enviarían una señal tan clara de que la única lealtad del jefe del Estado colombiano pertenece a Colombia, y en últimas a todos nosotros. En política, los símbolos no sustituyen las políticas públicas, pero contribuyen a construir la confianza de un país fracturado y a sentar el primer capítulo de un legado.

El presidente electo debería recordar que Colombia es, desde 1991, un Estado laico. En su última aparición en redes sociales manifestó “Dios y el pueblo han decidido ungirme…”, tras una semana de peregrinación por santuarios católicos para encomendar a Dios a la nación. Nadie le pide que renuncie a su fe, pero gobernar una república constitucional exige un lenguaje que abrace también a quienes profesan otras religiones o ninguna. El país de hoy es mucho más plural que el de hace treinta años, y esa pluralidad no es una amenaza para la fe de nadie: es la descripción de la nación que le tocó gobernar.

El presidente De la Espriella aún puede sorprender a los millones de colombianos que no votaron por él o que lo hicieron en su contra. La verdadera “Patria milagro” consistiría en que quien llegó al poder con un discurso de confrontación demostrara la disposición de convocar también a quienes piensan distinto y de reconocer el papel indispensable de una oposición democrática. Esos gestos no debilitan a un gobernante frente a sus propios electores; por el contrario, fortalecen su autoridad ante la otra mitad del país.

La historia suele ser mucho más generosa con los presidentes que se atreven a sorprender que con aquellos que simplemente cumplen el libreto que todos esperaban. El Tigre tiene esa oportunidad. Ojalá decida aprovecharla.

Por Cristina Carrizosa Calle

Abogada egresada de la Universidad de los Andes, con experiencia de más 25 años como consultora y asesora tanto en el sector público como en el privado. Fue asesora de la Presidencia de la República, diplomática y directora de organizaciones que emprenden proyectos de alto impacto social. Columnista y panelista radial
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