“Y todos iban a empadronarse, cada cual a su ciudad. También José, por ser de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret, en Galilea, a la ciudad de David, que se llama Belén, en Judea, para empadronarse con su esposa María, que estaba encinta”.
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Del Evangelio de san Lucas 2, 3-5
El séptimo día de la Novena de Aguinaldos, una de las más lindas tradiciones religiosas que tenemos en algunos países latinoamericanos, nos cuenta el viaje de María y José hacia Belén, para “obedecer así a un príncipe extranjero que forma el censo de población de su provincia…”
Son muchos los conflictos que enfrenta el mundo, pero lo que se vive hoy en Oriente Medio resalta en estas festividades. No existe celebración que logre congregar tanto al mundo occidental como la Navidad. Esto debería ser razón suficiente para que las naciones exigiesen, al menos a Israel –porque no hay mecanismo para hacerlo con los terroristas de Hamás–, una tregua real y efectiva hacia el pueblo palestino. No se da cuenta Netanyahu, y por eso la historia lo condenará, de que cada una de esas familias que empuja hacia el sur de esa porción de territorio concedido por la gracia de otros, independientemente de su identidad étnica o religiosa, bien podría representar a la familia de Belén, que dio a luz un niño en una pesebrera buscando hacerse censar para encontrar arraigo, acatando el mandato romano.
A las casi 20.000 muertes de palestinos que al día de hoy se registran, se suma el desplazamiento de alrededor de 1.9 millones de los civiles hacinados en menos de 400 kilómetros cuadrados, sin rumbo seguro porque no existen zonas protegidas de los bombardeos de Israel. De estas víctimas, Unicef estima que cerca de un millón son niños y niñas, y António Guterres se refirió hace unos días a lo que se ha convertido en una “matanza de niños sin precedentes”.
Quienes alzan banderas en favor de Israel deberían poder relacionar la celebración en torno al nacimiento de Jesús y la sagrada familia de Nazaret con lo que viven hoy millones de gazatíes, a pesar de los monstruos de Hamás. La comunidad internacional debería poder garantizar que en el entendimiento y narrativas alrededor de las normas básicas de la guerra, no quepan consideraciones de orden geopolítico, histórico, ideológico, religioso, cultural o mitológico que justifiquen su incumplimiento, porque entonces el verdadero Leviatán hambriento es quien incumple el DIH en medio del amilanamiento de otros Estados.
Esta época de Navidad invita a la iluminación del espíritu de quienes la celebramos alrededor de un padre, una madre y un Niñito que es Dios para más de 1.300 millones de personas, (casi el 18 % de la población mundial) y uno de los personajes más importantes de la historia de la humanidad, crecido en la que es la Tierra Santa para el mundo católico, hoy convertida en escombros.
Los civiles en medio del conflicto y las poblaciones desplazadas deben ser vistas todas como familias sagradas ante los ojos de la misericordia humana. Los Estados aliados por los valores democráticos así lo deben exigir a todos los integrantes de la ONU y rechazar sin ambages la barbarie, si no por razones de humanidad, en virtud de la seguridad del planeta.
Por una Nochebuena menos mala… ¡Feliz Navidad!