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En la cultura estadounidense, el Super Bowl no es solo un acontecimiento deportivo: es una fiesta nacional en la que confluyen identidad, patriotismo, consumo y cultura popular. El halftime show (o espectáculo de medio tiempo) constituye el núcleo del evento. Solo en Estados Unidos, más de 135 millones de televidentes lo siguieron, confirmándolo como el evento televisivo más visto del año.
En ese escenario, el show de Bad Bunny se convirtió en un manifiesto político que desborda el entretenimiento masivo, en un país atravesado por una guerra cultural evidente, liderada por el presidente Donald Trump y su discurso antiinmigrante latinoamericano, reforzado con brutales patrullas de control migratorio.
El artista de música urbana más influyente de la actualidad —ese que dicen que no canta— le cantó la tabla a Trump con varios mensajes: la superación personal como afirmación colectiva, la defensa de la comunidad frente a la fragmentación, la reivindicación de lo latino como un lenguaje contemporáneo de poder más allá del folclor, la crítica a la precariedad de la red eléctrica puertorriqueña como símbolo del abandono histórico y las consignas “seguimos aquí” y “todos somos América”, que resignifican a América como un continente plural, mestizo y migrante. Durante casi trece minutos, el uso exclusivo del español cerró con un “God bless America” que amplía el sentido de América más allá de las fronteras de Estados Unidos.
Que una América anglosajona y trumpista reaccionara de forma adversa era previsible. Menos sorprendente resulta la respuesta obtusa de ciudadanos y exponentes de las derechas colombianas que, agazapados en la crítica a la estética del reguetón como género musical, al cantante como carente de talento y al espectáculo como decadente, fueron incapaces de reconocer la importancia y el valor del manifiesto del artista. La burla cultural de musicólogos de redes no fue otra cosa que una adhesión hipócrita a una política de exclusión con elementos de segregación. Las ínfulas de cultivados críticos que desconocen el valor de las tendencias populares, porque les son ajenas, ignoraron el mensaje de un artista que es tal en tanto es capaz de expresar, con creatividad, lo que callan algunos virtuosos de nada.
En una entrevista radial, el candidato de extrema derecha Abelardo de la Espriella, aficionado a exhibir su refinamiento musical imitando el bel canto, optó por burlarse de la voz de un fenómeno global con seis Grammy anglosajones y diecisiete latinos. El aspirante a la Presidencia evitó referirse al contenido político del show de Bad Bunny y prefirió alinearse con el presidente Donald Trump, a quien ha llamado “un grande”.
De ese modo, De la Espriella y sus seguidores se congracian con una política que persigue a millones de colombianos y latinoamericanos que migraron para buscar mejores oportunidades. Quizás ignora que, lejos de lavar activos, esos migrantes aportan a la economía estadounidense y mucho más a la colombiana al enviar remesas que llegan a miles de hogares de Montería, Barranquilla y Bogotá.
Mientras la guerra cultural avanza, los reaccionarios prefirieron refugiarse en la estética musical para afianzar su ideología. No es mal oído, sino sordera moral.
