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En permanente y prolongada travesía por el mágico valle de Aburrá, siempre está viajando.
Subiendo y bajando empinadas laderas y cerros; deslizándose raudo por sus planicies; bordeando el cada día menos contaminado y más sostenible río Medellín.
Nunca en veinte años, se ha detenido; su movilidad es una constante de personas, de paisaje y estética; de urbanismo, de economía, de trabajo, de empleo; de movilidad de la modernidad; de la planeación del crecimiento y desarrollo de la nueva ciudad que emerge humana y sostenible.
De Medellín, la ciudad colombiana que en el año 2013 fue escogida como la ciudad más innovadora del mundo por esa integralidad de variables en pro del desarrollo humano, la igualdad, la equidad y la inclusión, de toda su población.
Porque en ese constante realizarse en la sostenibilidad social y humana en la que se han empeñado sus líderes, la innovación en materia de infraestructura y transporte ha respondido, de manera puntual y efectiva, a las necesidades de una ciudad en permanente crecimiento demográfico y a sus derivadas en otros campos como la educación, los servicios públicos y la cultura.
Una respuesta tecnológica idónea a la necesidad creciente de movilidad segura y de calidad, es el Metro de Medellín; una respuesta vital que alteró y transformó la relación hombre – ciudad; que dio en propiciar una nueva ecuación de convivencia incluyente y solidaria en conglomerados humanos históricamente marcados por la exclusión y la segregación.
Y más allá, un hecho sociológico imponderable: ha generado una cultura que tiene al Metro como epicentro e irradia todas las vertientes de la identidad y la cultura paisa; el intangible más tangible de cuantos son susceptibles de generar comportamientos culturales colectivos de aceptación y satisfacción: el civismo.
Bien puede decirse, y no es para nada exagerado, que el Metro es Medellín; la expresión más significante de cuanto entraña una identidad, un modo de ser y hacer, como representación de un conglomerado humano en particular.
Materialidad e imaginario de un ethos que deviene en una cultura emprendedora y pujante, capaz de construir colectivamente y de transformar y reafirmar lo público; lo del común como bien supremo de la sociedad que se expresa en una ciudad para todos.
Igual que la ciudad que se desplaza y crece y se expande en el territorio, el Metro experimenta y asume esas dinámicas de urbe viva y en permanente combustión.
Con ella y en las direcciones que señala la brújula del desarrollo, avanza incesante; se mete por la ciudad, por su área metropolitana; se diversifica.
Responde puntual a la necesidad de movilidad inclusiva, segura y eficiente del ciudadano; transforma el paisaje de forma funcional según esa necesidad de movilidad y bajo parámetros de sostenibilidad y preservación del medio ambiente.
Para responder a las crecientes exigencias de calidad de vida de los habitantes de la ciudad que con amoroso y palpitante civismo lo alberga, el Metro se transmuta en metrocable y tranvía; en el más promisorio sistema multimodal de transporte.
Y por encima y a ras de piso, el Metro es un generador de identidad de Medellín. De un nuevo modo de ser, convivir, sentir. De tratar a la ciudad como morada ideal.
De compartirla sin lastimarla ni ultrajarla ni apropiársela como algo banal y desechable.
Poeta
elversionista@yahoo.es
