Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Haciendo eco a Eco, yo también voy a asomarme al laberinto. A esas sinuosidades de la mente en las que crepita la materia, inasible, impalpable, cuántica.
Cual Teseo, me valdré de la seducción poética para obtener de Ariadna el hilo. O una parte del hilo que alcance el centro sin despertar a Minotauro, atarlo y despojarlo de su mítico poder; de su laberíntico apetito de doncellas.
Acaso sea una o múltiples líneas, una red, el laberinto. Nada me confirma una u otra posibilidad. Nada su forma, su color, el tamaño. Nada las extrañas convulsiones del hombre disfrazado de toro que lo habita.
Y nada, el peso de lo inasible e impalpable en el que deviene el laberinto, un laberinto, esa improbable probabilidad de ser el universo, una posibilidad infinita.
O limitada en su materialidad, forma y densidad y, por tanto, susceptible de medida y apropiación, como el fuego, la tierra, los contornos antárticos.
Acaso no sea más el laberinto, si es, que la metáfora del movimiento, finitud del tiempo, del matemático azar dispuesto por las leyes de la gravitación; de ese algo en el que deviene la extraña fuerza de la acción y reacción en el que discurren los objetos, los cuerpos, la materia en perpetua convulsión dialéctica.
Tal vez sea la fiera, no el laberinto, cuanto exista; acaso Dédalo, constructor de laberintos para un monstruo improbable y un amor indomable, el de Pasifae.
En su exacta dimensión de bestia y hombre, despojado del disfraz de monstruo, quizá sea el hombre el que habite el laberinto y lo custodie del embate feroz de criaturas semejantes a él; insaciables del poder como Minos.
O tal vez, uno y múltiples espejos que reproducen hasta el infinito el mismo laberinto; universos paralelos en los que pastan el mismo toro manso y la misma y ardiente Pasifae devenida en vaca devoradora de humanos.
Estoy por creer que el universo es el laberinto; el miedo el hilo que nos hace Teseo; Ariadna el señuelo que nos pierde en las infinitas ramas del universo que ya no es puntos, ni líneas ni circunferencias ni triángulos ni cuadrados.
Es lo que no tiene límites, pero se superpone, se refleja; se reduce y se expande sin desbordarse de su exacto límite, el infinito, como el mar del suyo, la línea costera.
Sí, el laberinto es una entre las múltiples posibilidades que tiene el universo de ser infinito.
Y la mente, el laberinto que construye el hombre para albergar la noción de finitud, de limite; para encerrar en un espacio definido por barrotes invisibles, cuánticos, el Minotauro convulsivo que es el movimiento.
De esta vida, la otra. Y las sucesivas vidas que acontecen hasta el infinito en los universos paralelos; en los espejos que se multiplican superponiéndose, no bifurcándose.
Acaso, hilo y laberinto somos. Y un poco más: constructores, como Dédalo, de laberintos mentales. Y del más grande y solido laberinto jamás construido: el miedo.
Poeta
@CristoGarciaTap
elversionista@yahoo.es
