A Salomón Kalmanovitz, es probable que mi admiración no le lleve ni le traiga. No obstante, desde sus tiempos de profesor y académico en la U. Nacional, estoy atento a cuanto escribe y dice, lo ultimo más bien poco, porque es cauto con la oralidad.
De política agraria, tema que nunca ha pasado de moda, pero tampoco ha estado en la última moda de los debates de los “cientistas sociales colombianos”, así llama Salomón a sus pares científicos sociales, sabe mucho, y aunque su conceptualización sobre el problema agrario colombiano cambia cada tanto sin que, mínimamente, se hayan movido sus causas y derivadas, es de valorar cuanto anota al respecto.
Y de aquello que, referido al tema, anotan otros cientistas sociales que en estos tiempos de postconflicto en pleno conflicto, tienen “la virtud de llamar las cosas por su nombre”.
Una virtud nada novedosa ni exclusiva de los protopensadores de la modernidad agraria, pues que sepamos muchos criollos que no tienen la virtud decir las cosas por su nombre, pero que las dicen por su nombre, ya han dicho y repetido, incluido Kalmanovitz en otros tiempos, lo mismo y novedoso que acaba de decir James Robinson: “que el Estado colombiano nunca había hecho reformas progresistas en el campo”.
En cuanto que, “el derecho a la rebelión dificulta que el Estado se haga al monopolio de los medios de violencia”, dígalo quien de los dos los diga, Robinson o Kalmanovitz, sí que resulta más falacia que virtud de “llamar las cosas por su nombre”.
Y de mayor cuantía, pues el Estado no solo posee y usa legítimamente los “medios de violencia” que su naturaleza y fines le precisan, también los deslegitima y abusa de ellos de manera recurrente.
De ello también han dado cuenta, exacta y fiel, los cientistas sociales colombianos, los virtuosos, los que no lo son tanto, y hasta el profesor Kalmanovitz, quienes nunca han negado reconocer como inalienable el “derecho a la rebelión” cuando se dan las causales y condicionantes para ejercerlo.
Más falacia, que el profesor Kalmanovitz, por sí, o por Robinson, escriba que esa misma “debilidad”, la del Estado frente a los medios de violencia y el derecho a la rebelión, sea la causa por la cual el Estado se declara impedido para “poner a tributar a los ricos y menos aún a los terratenientes”.
Cuanto deja de presente esa sesgada “virtud de llamar las cosas por su nombre”, no llamándolas, profesor Kalmanovitz, es que el Estado tiene una razón de peso, mas política que moral, para no hacer efectivas las obligaciones impositivas con las cuales capital, familia y agentes productivos, están obligados para con el Estado.
Y esa razón, en la cual concuerdo con usted, no es otra que en el Estado y el Gobierno, “hay unos pocos intereses corporativos alimentados por el Estado que dan lugar a un capitalismo compinchero, de baja productividad”.
Argumento este, el de la alianza entre Estado y “capitalismo compinchero”, que de paso desvirtúa el suyo de que sea el del “derecho a la rebelión” el que inhibe al Estado para obligar que los ricos y terratenientes tributen.
Por aquellas calendas del siglo XIX, impensables las FARC-EP, ELN y otras insurgencias guerrilleras, a las cuales achacarles el culillo del Estado para imponerles tributos, y hacerlos efectivos, a los ricos y terratenientes, puesto que ya gozaban de las mismas y onerosas exenciones que hoy con largueza les otorga el Estado.
Así las cosas, una cosa es una cosa, y otra cosa esa mala virtud de no llamar las cosas por su nombre y, más grave, de justificarlas y defenderlas cuando son indefensables.
Que es, quizá de buena fe, uno no sabe, cuanto hacen los cientistas sociales Kalmanovitz y Robinson, al justificar la no tributación por los ricos y terratenientes en el excusado de un “derecho a la rebelión” que lo impide, cuando tal derecho si bien se invoca, rara vez se desarrolla y concreta en las acciones que demandan sus fines.
En el origen y vigencia del conflicto colombiano y de la guerra macondiana que lo materializa en lo militar y político, es la tierra, su tenencia, uso y tributación, variable de primera magnitud en sus dinámicas, desarrollo y solución, pero los virtuosos la soslayan, igual que los capitalistas compincheros, Gobierno, Estado, y muchos cientistas sociales.
Pero, es la tierra, ¡profesor!
* Poeta.
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