Este de las madres – padres de medio millar de muchachos de Sucre, no era otra vez el largo, inconsolable del desplazamiento y de la barbarie de las armas que inundo, hasta el naufragio en el dolor y el oprobio, a muchos en nuestro departamento.
El suyo que vi, y acompañé con el mío y el de tantos más en un acto de reconocimiento al Programa Ser Pilo paga, era el nuevo y reparador de la esperanza arrebatada por las contingencias de la pobreza y de la guerra que los proscribió de todas oportunidad que sobre la tierra pudiere edificarse para ellos.
Era aquel, el de estas madres – padres, el llanto de alegría de una esperanza mil veces truncada y mil veces convertida en sangre, en lodo, en pobreza que retoña y da los mismos frutos amargos, regando un árbol nuevo.
Abonado con la simiente que germina la paz para que sus hijos y los hijos de sus hijos, dejen de ser los hijos predilectos de la guerra, sangre de cañón de la inequidad y el despojo fraudulento de sus derechos, en los que la guerra los ha convertido y condenado históricamente.
En víctimas sin dolientes de las inequidades y desequilibrios estructurales de la sociedad colombiana, cuyo blanco certero e impactante son esos desvalidos y desplazados de las oportunidades de reivindicación de derechos básicos inherentes a su naturaleza y condición.
Entre los más, el de la Educación, quebrantado una y todas las veces por el Estado en su aplicación, desarrollo y permanencia; en la implementación de políticas públicas que lo hagan efectivo, inclusivo y dinámico en ese vasto universo de desvalidos que lo demandan de continuo.
Aunque uno alcance a creer, como en Macondo, que los pobres no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra del olvido y la soledad devastadora de la incuria, la historia, en veces, y esta parece que sí, se encarga de corregir esa creencia y consecuentemente el yerro de la inequidad y la exclusión que trae consigo.
Que, en casos como el de la Educación Superior, alcanza en nuestro país coberturas inferiores a la media internacional, mucho más negativos dichos índices en gran parte de los departamentos que lo integran, con el consecuente impacto que dicha brecha trae para el desarrollo y el progreso, el aparato productivo, la equidad y la inclusión social.
Esta, la inclusión social, el índice más satisfactorio, en mi parecer, de cuantos persigue el Programa Ser pilo paga, instituido en 2014 por el Presidente Santos, y cuyo fin es brindar educación de alta calidad a los jóvenes con menos recursos económicos y excelentes puntajes en las pruebas Saber 11, por medio de créditos condonables y apoyos de sostenimiento.
Con resultados que impactan positivamente la cobertura con calidad, el crecimiento de la demanda, la reducción de la deserción y un escalamiento positivo de la movilidad social, Ser Pilo paga se erige en herramienta efectiva, y ojalá en política pública, para paliar esa brecha social que se ha encargado de ahondar el sistema educativo colombiano, en vez de contribuir a cerrarla desde la promoción y ejercicio de la inclusión, la cobertura y las oportunidades reales de acceso a ella.
En Sucre, mi departamento, con un índice de cobertura en Educación Superior distante de la media nacional, 19%, en donde a los jóvenes, desplazados por la pobreza y la guerra, ni siquiera les era dable soñar con ingresar a la universidad y menos a una acreditada de alta calidad, es apenas entendible que Ser Pilo paga sea motivo, para ellos y sus madres – padres, de alborozo y gratitud con el Presidente Santos y la ministra Parody, por haberles posibilitado el camino de la redención y la inclusión; de la equidad y las oportunidades por mérito y competencia.
Una Colombia afirmativa por la paz, sin duda dispondrá de mayores recursos para una Educación Superior inclusiva, de calidad y con equidad para todos.
Porque, Ser Pilo sí paga.
Poeta
@CristoGarciaTap