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Europa nunca ha estado unida.
Ni ahora ni en ningún periodo de su historia ha aclimatado la unidad política en sus pueblos desde la perspectiva del territorio.
La suya es una historia de rupturas consigo misma; con su geografía y su población. De las guerras que han asolado a la humanidad.
Y más acá, con sus propias economías por la prevalencia del comercio y aparato productivo de uno en particular o de varios de sus países, conjuntados por las ventajas del mercado que conforma su promisorio territorio.
La unidad de Europa no pasa de ser una circunstancia azarosa, horra casi del pegamento identitorio y cultural distintivo que es de esperar pudiere dar en la conformación de una unidad política, geográfica e histórica por la que siempre ha emitido destellos, pero aún no alcanza a alumbrar como destino.
La Unión Europea, UE, no es Europa, como no lo fueron los referentes económicos y comerciales que la precedieron, Comunidad del Acero y el Carbón, Comunidad Económica Europea, Mercado Común Europeo, en sus reiteradas pero siempre fallidas búsquedas de una unidad política que le ha sido esquiva a lo largo de la historia.
Con la salida del Reino Unido, brexit, de la Unión Europea, cuanto viene a confirmarse es que Europa, como un todo político en materia de unidad, apenas si madura por ciclos que no pasan de transitorios periodos cuando se derrumba.
Europa no es del todo hechura de la política y sí de la guerra; de una sucesión de nacionalismos cerreros; de exclusiones y discriminaciones.
Siempre susceptibles de sucumbir en esa especie de destino manifiesto que son las guerras, en cuyo territorio parecen encontrar el escenario natural para su desarrollo y propagación a lo largo y ancho de sus fronteras y más allá.
La guerra ha sido la vocación de Europa, su ejercicio para la dominación, más que la política como factor de unidad para consolidar un destino que soporte esos fragmentos que son su historia, su identidad, su territorio.
Europa no es del todo hechura de la política y sí de la guerra. De una superposición de mapas construidos por las sucesivas guerras que han tenido como teatro de esas operaciones de devastación sus fronteras, su diversidad étnica, sus nacionalidades en permanente oposición y confrontación por el territorio, el mercado, la economía y la fe.
Por los nacionalismos inherentes y característicos a su territorialidad, a sus espacios geográficos, delimitados más por razones étnicas, de identidad particular y señas marcadamente raciales y religiosas, que por los accidentes naturales propios del territorio en su conjunto.
Hoy, esos imponderables del nacionalismo característico del conjunto de naciones que conforman Europa, ha dado de nuevo el zarpazo contra su unidad política.
Europa se ha resquebrajado otra vez, como tantas veces en su historia, para romperse otra vez. Y quien sabe, si para provocar las guerras que han caracterizado y determinado su inconclusa unidad de destino.
Y quizá, para ratificarse la historia en su teoría circular con una Europa fragmentada en naciones que, a su vez, conformen estados independientes como los que integraban la nación alemana, 300, en el siglo de Litchtenberg.
Europa está rota.
Una ruptura que contagia y arrastra con el ejemplo y las dinámicas políticas, además de las propias de la ideología de los nacionalismos que la provocan y propagan entre vecinos que ya empiezan a moverse en la misma dirección del Reino Unido, y a contagiarse sin razones diferentes que un nacionalismo exacerbado y rotundamente excluyente de todo intento de unidad que involucre a sus vecinos.
Aventurándome por los sumideros de la lógica histórica y contrariando la mecanicista de la razón, al Reino Unido le seguirá Alemania.
Poeta
@CristoGarciaTap
