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Cuanto ha ocurrido en Guatemala, la renuncia y encarcelamiento por corrupción de su presidente constitucional, general retirado Otto Pérez Molina, tiene más de “destellos” de revolución; de ruptura de un statu quo, que de “primavera”.
Y se erige en hito, en referente básico en el conjunto de las que la historia latinoamericana, finisecular y contemporánea, registra en sus anales como “repúblicas bananeras”.
Esos territorios de este subcontinente, y de otros allende el Caribe, claramente identificados por la pobreza, atraso, inestabilidad, devastación y arrasamiento por parte de las hegemonías políticas, militares y familiares; por el poder absoluto ejercido sobre el Gobierno, instituciones y precaria economía, por compañías extranjeras, de preferencia aquellas relacionadas con la explotación agrícola y de plantación: caña de azúcar, banano, café y frutas.
Cuanto está ocurriendo en Guatemala, “república bananera” por excelencia, más que un suceso fortuito, es probabilidad histórica, habida consideración que ha sido este país el referente más grotesco y vergonzante de este tipo de Estado transmutado en instituciones, orden, Gobierno, cuyo centro de gravedad es la corrupción, alrededor de la cual gira la economía, las instituciones, el gobierno, aparato productivo, ejército, etc.
Sí, la corrupción, columna tentacular de dimensiones ilimitadas sobre la cual se han modelado Gobierno y Estado, se han construido, consolidado y reproducido las diferentes formas de poder que han hecho de estas naciones latinoamericanas “repúblicas bananeras” en serie en distintos estadios de su historia.
Fue cabalgando en lomos de la corrupción y el soborno como la United Fruit construyó, para traer a valor presente un caso de remanente histórico a la actual coyuntura generada por la caída y encarcelamiento por corrupción del presidente de Guatemala, general retirado Otto Pérez Molina, el poder omnímodo de deponer y poner gobiernos, trepar dictadores, hacer y desobedecer las leyes, controlar la economía y alambrar el país, como una gran hacienda, para su usufructo ilimitado y sin contraprestación.
Y como en Guatemala, el dominio colonialista impuesto por empresas extranjeras aliadas con las burguesías locales, fue el modelo predominante a lo largo del siglo XX en Latinoamérica y el Caribe, derivando en cada una las naciones que conforman este subcontinente en lo que la sociología política considera democracias precarias controladas por factores de poder ya institucionalizados y “reconocidos” como parte del sistema.
Entre los de mayor impacto y cubrimiento, la corrupción e inestabilidad política y social, asumidas ya culturalmente como indispensables para el mantenimiento del orden y la también precaria institucionalidad y gobernanza en la cual discurren en medio de la pobreza, desigualdades, inequidad, inestabilidad política y populismos de todos los matices, el conjunto de estas naciones.
Con cuanto allá ha ocurrido, la destitución y encarcelamiento por corrupción de su presidente constitucional, general retirado Otto Pérez Molina, Guatemala, se alza como punto de quiebre de la corrupción como institución en nuestros países.
En piedra de toque para que nuestras naciones se levanten contra el mismo y gravoso mal de la corrupción, cuyos tentáculos y poderes las ha permeado, sin contención ni escrúpulos, hasta reducirlas y rendirlas en su cuerpo integro, órganos y sistemas.
En tanto a Maduro se les espeta en titulares, columnas, radios, televisiones y discursos patrioteros para el consumo mediático, no he visto ni oído, y yo todavía veo y oigo bien, uno solo de estos pregoneros de la distracción, decir nada del destello de revolución, que no de primavera, que significa para la democracia, el progreso y civilidad de las aún “repúblicas bananeras”, la caída y encarcelamiento por corrupción del general retirado Otto Pérez Molina, presidente constitucional de Guatemala.
Claro, en el caso de Colombia y de Sucre, mi departamento, la corrupción es sinónimo de institucionalidad y poder. De gobierno, territorio y rentas para la apropiación y usufructo de los clanes familiares y políticos que detentan el poder, hacen las leyes y gobiernan.
Y con ellos, con los corruptos, nadie debe meterse. Ni tocarlos. Ni “tumbarlos”.
El autor es poeta.
elversionista@yahoo.es
