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La carta que Santos no debió enviar

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Cristo García Tapia
21 de julio de 2016 - 02:00 a. m.
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Como en la canción – poema de Jorge Lavat, esa carta nunca debió enviarse.

Sí, nunca debió el Presidente de Colombia enviarle tal misiva  a alguien que carece de del don de la generosidad  y ni siquiera del de la cortesía.

Y menos, del de destinario de un acto de grandeza y liberalidad democrática como el que entraña ofrecer al enemigo de la paz de Colombia,  el honor de suscribir el prólogo de ese acto histórico de dimensión colosal que es la paz.

Menos todavía, correr el riesgo, como en efecto ocurrió, de darle al enemigo la oportunidad de rechazar la mano tendida del estadista que por la paz del país que gobierna, juega su capital político y se expone a sumarlo mediáticamente en beneficio de quien, inconsecuente y caprichosamente, se opone al promisorio fin, mediante Acuerdos de Paz, de una matazón de más de medio siglo entre colombianos.

Más que ingenuidad política o afanes de visar el Sí por la Paz como algunos han entendido y calificado la actitud del Presidente Santos con Uribe, cuanto desvela ese talante es su generosidad y fervorosa  voluntad  por la paz de Colombia.

Para nada parecidas, desde luego, al patrioterismo fascistoide de la “mano firme y el corazón tendido”, de quien hoy se opone sin ninguna razón de peso a torpedear, combinando todas las formas de lucha, el fin de la guerra en Colombia.

A predicar con discursos sin ningún fundamento ni validez histórica y política, un supuesto desmonte de la propiedad privada y la justicia, la entrega del país a las FARC – EP, y a un castro chavismo que solo existe en las mentes perturbadas de los adoradores del Estado de Opinión, esa variante fascista que Uribe pretendía instaurar y por la que delira y recurre a los extremismos más peligrosos y provocadores.

A Uribe no le interesa, ni conviene, ese país “mejor y en paz” que Santos lo invita a construir y por el que los colombianos de todas las clases, ideologías, credos y condición racial clamamos; tampoco  el “diálogo constructivo” que implica la paz, porque lo suyo y lo de sus aliados de todos los tiempos es y ha sido la guerra, cualesquiera sean sus expresiones, escenarios y territorios en los cuales esta se haya desarrollado.

Ya está bueno, Presidente, de tantas zalamerías y carantoñas con el senador Uribe, de contemplarlo como a un providencial al cual hay que postrarse y alumbrar como a una divinidad para que la paz, y otras gracias, sobrevengan.

Y si es miedo el que inspira, mucho menos hay que temerle, pues si enfrentar medio siglo de violencia, de despojo, de muerte y desolación, y todo cuanto significa su poder maléfico no nos ha paralizado a los colombianos que estamos por el fin de la guerra, muchos menos va a poder hacerlo Uribe con su egoísmo y mezquindad contra la convivencia y la inclusión, la unidad nacional y el porvenir de Colombia.

Ya es hora que Uribe entienda que son las dinámicas de la historia y sus desarrollos al interior de las sociedades, las que imponen los cambios, alumbran los desarrollos políticos y las transformaciones sociales que estas demandan.

Jamás, las veleidades y caprichos de las individualidades que se arrogan la sedicente condición de providenciales y apenas si dan para comandantes de cuadrilla.

Colombia está en la hora de la historia y así lo han asumido el Presidente Santos y las FARC – EP, al responder a ese momento histórico con el Acuerdo de Paz que sellará el fin de la guerra y alumbrara el principio del fin de ese otro desafío histórico: el del conflicto social.

Si en contra del fin de este y contra la historia, están los que estorban la paz, esos no pasaran.


Poeta
@CristoGarciaTap
 

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