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La paz: entre los medios y el fin

Cristo García Tapia

02 de marzo de 2016 - 09:00 p. m.

No es que todo se valga por la Paz, pero cuanto se necesite para ese fin superior preceptuado constitucionalmente, es necesario considerarlo.

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Como en su momento lo consideraron Andrés Pastrana y Álvaro Uribe Vélez como gobernantes, antes que por ostentar el honor de haber acabado la tragedia de la guerra, por su vocación y compromiso histórico por la paz de Colombia.

Que no lo lograron, no quiere decir que no hayan explorado todas las posibilidades y considerado todos los medios que pudieren dar con el fin del conflicto armado que, por más de medio siglo, opone al Estado y las FARC –EP.

El “despeje del Caguan”, por citar un medio necesario y útil para el fin superior de la paz en el que estaba comprometido Andrés Pastrana como Presidente de Colombia, bien pudo configurar un acto violatorio de la soberanía nacional.

Del mismo que puede considerarse tal, la “entrega” efectiva de aquella porción del territorio nacional que se cedía como parte de un acuerdo imaginario que nunca llegó, sin embargo los colombianos todos entendieron que el fin superior de la paz debía anteponerse al medio que coadyuvara a ello.

A pesar de que se despejó y cedió territorio a las FARC - EP, se crearon las condiciones reales para instaurar e institucionalizar jurisdicciones especiales para su movilización y desmovilización, se erigieron mojones y lindes, nunca el Presidente Pastrana fue blanco de torpedos contra el proceso que adelantaba como hoy lo hacen los fundamentalismos y extremismos que se alzan contra los Acuerdos de La Habana.

Y por aquellas calendas sí se entregó territorio; se entregó el país; se escarneció la institucionalidad.

Y no solo en, ni por 72 horas, para la creación y funcionamiento legal de las que Álvaro Gómez Hurtado llamaba “repúblicas independientes” para la guerrilla. 

De haber estado vivo Gómez Hurtado, es posible que ese acto lo hubiera denunciado como felonía.

Si acaso, más allá de decir que el fin, la paz, justificaba los medios, la cesión de territorio, jurisdicciones especiales y cuanto era dable dar para recibir el beneficio superior de la paz que, al final no fue, jamás se puso en duda ni se cuestionó el proceder de quien los utilizaba para su consecución.

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Oh tiempos, oh memoria.

Y más acá y en las mismas coordenadas del fin y los medios, la “refundación” de la patria en tiempos de Álvaro Uribe Vélez, también fue propicia en medios para alcanzar el fin de la desmovilización de los paramilitares.

Y fueron tan amplios y generosos esos medios, que solo el del paraguas de la desmovilización, alcanzó para cubrir, descubrir, convertir, a más de uno que no cabía en la denominación de, pero que debía aparecer en, para obtener el beneficio.

Y otra vez, como en El Caguan, se cedió territorio, se instituyó la pedagogía armada, se crearon jurisdicciones especiales, se decretaron penas casi que simbólicas, se destinaron presupuestos para proyectos con cargo al erario y...

Pero el fin, la desmovilización, justificaba con creces el medio constitucional proveído.

Eran tiempos de arrobamiento, de exaltado encantamiento con las nuevas formas de poder; tiempos del dejar hacer, dejar pasar, aunque se pusiera en entredicho la Constitución, la soberanía, la legalidad y la institucionalidad.

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Del todo vale.

E igual que con el Caguan, con Ralito no hubo interferencias ni torpedos. Ni fundamentalismos ni extremismos ni oposiciones ni nada que se contrapusiera a los designios de la “refundación” de la patria que se erigía victoriosa y legal en aquellos territorios del Alto Sinú.

Y todo, en nombre de la desmovilización y la paz que era el fin superior y para el cual no había que escatimar medios como acabó por entenderlo y aceptarlo el país.

Oh tiempos, oh historia.

A que, entonces, esa conjura contra la paz de Colombia que alientan con viso de oposición, que no es tal, quienes no más a la vuelta de la historia se valieron de todos los medios, cuestionables y en abierta discrepancia de la legalidad institucional, para alcanzar un fin que, tal vez por esa razón, devino en la más grande frustración que haya tenido el país en la búsqueda de la reconciliación y la paz.

Ya basta de mezquindades de estos conjurados de nuevo cuño contra la paz de Colombia; de regatearle al menudeo su destino de grandeza histórica.

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No es tiempo de rendición ni de retrasar la paz, les decimos. Ni de detener los procesos que hoy nos aproximan a esa voluntad colectiva del pueblo colombiano.

¡El tiempo de la paz es ahora!

Poeta
@CristoGarciaTap
 

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