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Habrá noches, algunas despejadas y luminosas, las de La Habana quizá, otras, como las ultimas de Bogotá, tormentosas y frías hasta el atasco y la inmovilidad.
Noches en las que Juan Manuel Santos y Timoleon Jiménez, Timochenko, como cualquier romano de los tiempos imperiales, miraran al cielo, al vasto cielo de la Paz de Colombia, y pensaran, tristes, sobrecogidos de miedo y de la ansiedad de la inminencia: ad calendas graecas.
No porque los plazos que se pactan en una transacción se cumplan taxativamente, el resultado tiene que ser el esperado y el más conveniente.
Ni el mejor o el que más y mejores beneficios pueda derivarse para la satisfacción de un objetivo que rebase el común y corriente de un negocio.
Y el de la paz, no es uno más de cuántos de estos a diario se conciertan en el mercado.
Ni su objetivo, el de obtener un beneficio para la satisfacción del interés particular de un individuo. O, de un fondo de capital de esos que van despojando impunemente a los colombianos, se alzan con sus ahorros y se blindan en la impunidad de su opulencia mal habida y los paraísos fiscales.
No.
Ese no es ni de lejos, el interés que debe prevalecer en un pacto de paz. Ni es ese, el de las fechas y tiempos taxativos, el indicado en la negociación de un conflicto entre partes que contienden por la vía de las armas por más de medio siglo.
Y para el cual no se vislumbra solución distinta que la que de un Acuerdo de Paz, cuyos desarrollos den con el principio del fin de la matazón entre colombianos, del incipiente crecimiento, desarrollo y fortalecimiento del aparato productivo nacional, de la débil y cada vez menos inclusiva institucionalidad y de cuanto ha larvado ese estado de anomia prevaleciente en la sociedad colombiana por cuenta del conflicto.
No hay de otra.
Solo hay que entender que los tiempos y las dinámicas del conflicto, de la confrontación armada inherente al mismo; de una negociación política para convenir vías y mecanismos para finiquitarlo, son de naturaleza distinta de aquellos que transcurren en escenarios de normalidad, al igual que los plazos, limites y agendas que puedan circunscribirlos a inamovibles.
Y el del Acuerdo de Paz entre el Estado y las FARC –EP, no puede ser la excepción.
Eso lo tienen muy claro quienes asumieron, de parte y parte, con patriotismo e interés superior, el imperativo de la paz de Colombia por vía de la negociación y los acuerdos, que no por la de los vencidos sometidos por los vencedores.
No se arma una Mesa de La Habana, ni se convoca y prepara la voluntad de una nación y el compromiso del Gobierno para el postconflicto, para que uno de los contendientes venga a imponer al otro, como pretenden los francotiradores que disparan aturdidos contra la paz, una pax romana.
Presidente Santos: más allá de los referentes mitológicos, la paz de Colombia no se negocia por ciclos lunares ni necesariamente tiene que suscribirse el acuerdo que nos emboque por ella, bajo los buenos augurios de marzo, mayo, julio y octubre.
Todos los días, todos los meses, todos los esfuerzos que sean necesarios para la paz de Colombia, valen el riesgo de los tiempos, plazos y prorrogas razonables.
Presidente Santos: No le tema a los idus de marzo. Ni a las calendas griegas.
¡Adelante!
Poeta
@CristoGarciaTap
