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De “unidad nacional”, se hacen llamar algunos.
Otros, la proclaman como su divisa para el trueque electorero, la compraventa de avales y la dispensa de favores de diversa índole para la trapisonda burocrática en la nomenklatura.
En cátedra y diplomado para oportunistas y arribistas indomables, sus fundadores, usufructuarios y regentes con probadas carencias intelectuales, académicas y humanistas, que cuando menos den un trasunto de organizaciones vectores de las transformaciones que, desde la política y la democracia, faciliten provocar, orientar y decidir el rumbo de la nación.
Algunos, en vertiginosa vía de extinción por la cooptación clientelista y la corrupción galopante en la institucionalidad, gobierno y función pública, que los sostienen, mantienen y reproducen, en sus dinámicas y obsoletas estructuras, apenas si subsisten en lo mediático y formal de su devaluado peso histórico.
Es el caso de los partidos llamados históricos, Liberal y Conservador, hoy reducto de espurios liderazgos de cuya merced sobreviven en lo político y electoral; horros de principios, ideales y de cuanto es de suponer conjuga la visión de país desde la formalidad democrática, el sufragio, la inclusión política, la diversidad ideológica y programática,inherente a ellos.
Nada de eso es ya en los cascarones en los que se han convertido estas fuerzas que, en su momento alumbraron la modernidad democrática de un país que a su santo y seña, giró en las direcciones más contradictorias en torno de ellos, incluidas las religiosas y de fe; de sus directrices, programas, personeros, pregones y trapos emblemáticos.
De eso, ni rescoldos quedan que un día den en encender el fuego del renacimiento ideológico, avivándolo con la contemporaneidad y globalización de las ideas, programas y visiones de la modernidad en sus muy ricos y diversos matices de expresión de ciudadanía, de inclusión y participación.
De un hacer y transformar desde la democracia, la política y el sufragio como herramientas de lo colectivo en su provecho social, humanista e incluyente.
En cambio, su legado, los nuevos partidos y organizaciones afines, es aún más espurio y precario en contenidos y presupuestos mentales para los fines teóricos en los cuales se sustentan; en los abrevaderos avalados por la historia de los cuales dicen beber y nutrirse para el cumplimiento de sus cometidos.
Nada de eso.
Y sí mucho, de nada.
De sustrato e identidad con el destino de la nación; con las coordenadas y trazados por donde debe construirse y fluir su desarrollo humano, social, económico y cultural; el torrente productivo de sus clases, la economía y la modernidad de las instituciones; la pluralidad de ideas y acciones encaminadas al bienestar, calidad de vida y permanente crecimiento y desarrollo de su componente humano; del tejido social en la que deviene y realiza plenamente una nación.
Los partidos políticos hoy, no importa que todos sean púberes, no son más que cuerpos inertes en la sociedad colombiana contemporánea, cuyas características predominantes son la incoherencia ideológica y programática, la ambigüedad, el individualismo exaltado y el “acomode” pragmático, tan de usanza en esta nuevo emprendimiento, léase en su acepción noble, que son los partidos y movimientos políticos colombianos.
Y no es que solo estemos destacando lo negativo de ellos, es que no tienen ninguna característica positiva. Ni sus liderazgos alcanzan la connotación de tales. Ni sus programas y derroteros programáticos dicen algo. Y de los ideológicos y doctrinarios sí que menos, simplemente de eso no tienen ni huelen.
No es verdad que representen “opciones tan diferentes”. Son la misma y repetida opción, el mismo logo alterado en sus caracteres tipográficos, los mismos tonos y matices combinados para producir efectos y confusiones visuales, que no mentales y de pensamiento cuando menos.
Ni siquiera contradicciones, pues de eso no se trata, “de una contradicción”, al decir de uno de los usufructuarios y vendedores de avales para el bazar del 25 de octubre.
Ni siquiera el mensaje publicitario, la unidad, sobre el cual pregonan sus tóxicos contra la ética y la democracia, se corresponde semánticamente con su ejercicio y practica.
El autor es poeta.
elversionista@yahoo.es
