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Qué deja, qué dice, el paro armado

Cristo García Tapia

06 de abril de 2016 - 09:46 p. m.

De entrada, un paramilitarismo redivivo, producto de una extrema derecha que hace demostración de fuerza desafiando la institucionalidad en todas sus expresiones, al Estado y sus aparatos de poder legítimo.

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Que sale a la calle para decirle a la sociedad civil, constituyente primario, al Estado, al Gobierno, a las Fuerzas Armadas, poderes constituidos legítima y legalmente, que no los respeta, obedece ni acata.

Que no está dispuesta a la confrontación por la vía de la civilidad, no obstante tener representación en los escenarios en los que debe confrontarlos si estuviera animada del fervor y el hacer democráticos que les garantiza, hasta la impunidad, agredir a la sociedad civil y al Estado en su conjunto.

Y sí, como quedó demostrado en estos días de paro y marchas coincidentes, que tiene brazo armado para someter, por vía del terrorismo, el miedo, la coerción y amedrentamiento, a la población civil de distintas regiones de Colombia.

Que fue cuanto acabó por ocurrir en Antioquia, Chocó y departamentos de la Región Caribe, en los cuales la estrategia terrorista de la extrema derecha no solo logró paralizar la actividad económica, la movilidad, el transporte y la educación, también y por extraña coincidencia logró articularse con las marchas promovidas en ciudades capitales, coordinada con los cuadros políticos de la oposición al proceso de paz.

En tanto el paramilitarismo se fortalece como brazo armado de la extrema derecha, sus agentes y aliados políticos en sectores claves del Estado, aparato productivo e institucionalidad, combinan diversas formas de lucha cuyo fin último es torpedear y dar en el blanco de hacer fracasar la negociación de paz entre las FARC–EP y el Gobierno para poner fin al conflicto armado por el cual claman los colombianos.

Más allá del paro armado y las marchas coincidentes con él en departamentos y ciudades capitales, nadie se llame a engaño creyendo que marchaban por causa distinta de la de cerrarle el paso al proceso de dialogo que está por concluir en favor de una paz negociada que dé, en primer término, en silenciar los fusiles y procurar encaminarnos por la construcción pluralista e inclusiva de una nueva sociedad.

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De promisorias relaciones en las cuales la convivencia pacífica sea la base sobre la cual se levante la inclusión social y política, la participación de nuevas fuerzas en el espectro político y la equidad y justicia social como prioridades de la nueva Colombia que progresa y se desarrolla en paz.

Cuanto se ha avanzado en ese sentimiento clamoroso de los colombianos de vivir en paz, de crear condiciones para poner fin a la tragedia de la larga guerra padecida por generaciones, es de creer que empieza a agrietarse por el desafío del paramilitarismo agenciado por el absurdo de una derecha extremista para la cual la paz de Colombia no cuenta.

En la coyuntura del paro armado impuesto por el paramilitarismo rotulado de bandas criminales, clanes y mafias, es imperativo que el Gobierno lo enfrente de manera frontal desmontando todas sus estructuras, combatiéndolo en los diversos frentes que lo conforman, cortando de raíz todo vínculo con sectores de la institucionalidad, la política y la economía, que aún se resisten a su deslinde.

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Dado que el mayor escollo y quizá el único de peso que persiste para lograr un acuerdo de paz con las FARC-EP, e iniciar una etapa de reconciliación y convivencia es el del desmonte del paramilitarismo redivivo, creemos llegado el momento para definir el fin o la continuidad de la guerra.

Y los colombianos estamos por la paz.

Poeta
@CristoGarciaTap
 

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