Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
En esas estamos: construyéndolo desde adentro; vale decir, desde el conflicto, que es el imaginario, y no es galimatías, desde el cual hay que construir el escenario en el que se albergará el nuevo modelo de sociedad que traerá ese otro imaginario que gravita en todos los colombianos: la paz.
Soy de los que cree, entre tantos, que eso del postconflicto va en serio; que es el producto anticipado del Acuerdo de Paz de La Habana con las FARC-EP, que dará con el principio del fin de ese largo, horrísono periodo de más de medio siglo, en el cual no ha habido un solo día de convivencia entre los colombianos.
Desde luego, para el buen suceso del postconflicto es de dar por descontada la voluntad decidida de las partes que negocian los acuerdos que lo harán posible.
Que esperamos, no obstante las dinámicas de tiempo propias de este tipo de negociaciones, coincidan con las fechas preestablecidas por los equipos que las adelantan.
Y, esto de lo cual ya percibimos sus hervores en el ámbito nacional, el postconflicto, devenga en el escenario real de construcción de un nuevo país transitando, sin sobresaltos ni quiebres abruptos, las alamedas del desarrollo territorial inclusivo; de la inclusión social efectiva que reduzca las enormes, lacerantes brechas de la desigualdad, que desborda en nuestro país todos los referentes con los cuales se compara y mide.
Un postconflicto efectivo que empiece por reparar, reconstruir e indemnizar; que reconozca a ese vasto país marginado, desplazado y despojado de sus derechos por distintos medios y actores; un país que deambula ultrajado en su dignidad por la incertidumbre, la desesperanza y el desamparo, en el que la indiferencia culposa del Estado lo ha sumido y sometido a padecer sin tregua, casi a perpetuidad.
No me resisto a calificar el postconflicto que se avizora como la tregua que le debe el Estado a esta Colombia excluida, dolorosamente llevada, casi que “guiada”, al abismo de la desigualdad vergonzante en la que hoy la encuentra un conflicto, adportas de finiquitarse, que tiene por causa eficiente la exclusión y el despojo de los derechos consagrados para reivindicarla de ese estado de sometimiento, sumisión y servidumbre a la desigualdad.
A eso, sin duda, es a cuanto aspiramos quienes vemos en la tregua de las armas, la más realista aproximación a la guerra contra la desigualdad en todos los ámbitos de la sociedad colombiana; guerra a muerte a las causas que la han incubado, generado y causado la catástrofe social, económica, política, humana, que a lo largo de más de cincuenta años hemos soportado impunemente.
Pero más que nosotros, es ese vasto universo de colombianos marginales los que ven en el postconflicto la única posibilidad de reivindicar efectivamente sus derechos; de asomarse a las soluciones básicas que hagan menos trágica su condición de víctimas, no solo de la guerra sino de la desigualdad y la inequidad.
Como lo serán, sin duda, regiones enteras las que verán por vez primera en su historia la presencia cierta y activa del Estado liderando los procesos de su reinserción a las dinámicas del desarrollo y el crecimiento, a partir de la base social que hoy solo se registra en las estadísticas como víctimas propiciatorias de un modelo y de una institucionalidad proclives a ahondar las brechas de la desigualdad y la inequidad.
Ojala, entre otras de Colombia, para la Región Caribe sea la hora de los Montes de María.
Poeta
@CristoGarciaTap
