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Ajenos a la idea del registro fílmico, un grupo de jóvenes le arrebata la cámara a un periodista en medio de la emisión y, de forma más bien azarosa, se entabla un nuevo juego de miradas: los muchachos que se filman entre sí, en un vaivén del dispositivo; la cámara, sin dirección, mira muchas veces hacia ninguna parte; se abre la posibilidad del registro de lo íntimo, de la calle, del caos de la Medellín periférica de finales de los 80’s. Nace, con ese encuentro entre los sujetos y el aparato, la posibilidad de filmar y ser filmados. El reportaje que el robo interrumpe anuncia la presencia de unas luces extrañas que los habitantes del barrio detectan en el cielo; el material subsiguiente de la película sugiere ser el archivo encontrado de esta cámara de vídeo incautada. Con el buen enganche de esta premisa inicial, que de entrada sugiere una suerte de intrusión ufológica y la experimentación subjetiva con la cámara, introduce Barrio Triste, primera película de Stillz, consolidado en la industria de la música como director de los videos musicales comerciales más influyentes del momento.
Ese falso registro en limpio es la gran apuesta formal de la película, con la textura de video granulado, glitcheado y trashy, Barrio Triste se regodea en lo que podría llamarse una estética de lo precario; sin embargo, basta con dimensionar las implicaciones de la puesta en escena para descubrir una producción milimétricamente calculada, sentando la inevitable paradoja: la sensación de desinhibición visceral exige un aparato técnico finísimo que desmiente casi cualquier indicio de espontaneidad en el proceso (y por ende en el resultado). Y por supuesto que esto en sí mismo hace parte de la esencia misma del medio cinematográfico y de lo que llamamos ficción, pero el conflicto intrínseco en este caso es que la película tiende a inscribirse en una tendencia de cine de realidad a la que no pertenece.
La misma tensión se traslada al relato de la marginalidad, la deriva de la cámara por universo sórdido del barrio se ve interrumpida por los testimonios de unos personajes a los que la cámara mutila en primerísimos planos y que están en el punto más álgido de sensibilidad; se refieren a la sensación de soledad, a la inutilidad de mapear ideales, a la imposibilidad de proyección, al mismísimo no-futuro. Este recurso rompe tajantemente con ese flujo transversal de deriva atmosférica, e incomoda de forma punzante porque sugiere una mirada que no teme dejar al descubierto la piel de sus personajes, a quienes diluye en un paisajismo difuso que ni empieza ni termina de desarrollarlos, como cuestionando los límites éticos del pacto y el documento fílmico.
Lejos de sensibilidades tan distantes pero tan genuinas como las presentes en el cine de Víctor Gaviria y Catalina Villar, que bien han habitado con la cámara esta misma Medellín periférica, Barrio Triste elabora un registro performático que, en aparente cercanía con el contexto, revela una distancia abismal: entiende a los espacios y personajes en primera instancia como gestos plásticos. Si bien la imagen de la música urbana ya hizo de la jerga y la estética de los márgenes de Medellín un producto marketeable, el cine de autor reclama, desde su enunciación, un compromiso estrecho con la realidad que filma. La irrupción de lo fantástico-místico destaca al conectar el fenómeno de la desaparición y la muerte como vía de escape (deseada), pero esta línea pronto se diluye en medio de la espectacularización permanente de todo lo vivo y humano, consiguiendo una impronta estilísticamente estimulante en detrimento de la aproximación a una verdad sensible.