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El poder habitado por la duda. ‘La Grazia’, de Paolo Sorrentino

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Crítica de Cine y Melissa Mira
17 de abril de 2026 - 05:06 a. m.
"La Grazia" está protagonizada por 
Toni Servillo (foto), Anna Ferzetti y Orlando Cinque.
"La Grazia" está protagonizada por Toni Servillo (foto), Anna Ferzetti y Orlando Cinque.
Foto: Fremantle Film
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La ingravidez es el estado previo a la caída, la suspensión de un cuerpo en el espacio y el tiempo, despojado de todo peso; es esta la imagen insignia que atraviesa la última película del cineasta napolitano Paolo Sorrentino: una lágrima flota en el vacío del espacio. Es la lágrima de un astronauta, pero sobre todo, es un espejo directo para Mariano de Santis, presidente de la república italiana que, en sus últimos seis meses de mandato, entiende que su ciclo político no culmina en la elevación, sino precisamente en la ingravidez. La Grazia se construye entre ese vértigo silencioso donde confluyen el fin de una era, el ocaso del poder y el peso de la edad.

Lejos de ser la jubilación el único dilema que atraviesa el personaje, De Santis, interpretado con máxima genialidad por Toni Servillo, es un hombre que reivindica la meditación pausada y se enfrenta a una serie de decisiones cruciales, todas ellas ligadas de una u otra forma a la muerte: determinar un indulto entre dos presos señalados de homicidio, el debate sobre la aprobación de una ley sobre la eutanasia y, en el círculo más íntimo, el sufrimiento agonizante de su caballo. Y es que en esta película las fronteras entre lo político y lo íntimo se desdibujan, más que una radiografía política o de las estructuras de poder, sigue las contradicciones de un personaje sumido en la nostalgia por el amor que perdió en el pasado y cuyo círculo familiar está directamente ligado a su ejercicio de gobierno. Dorotea, hija del presidente y su mano derecha, significa un choque generacional que pone a tambalear todas sus concepciones del mundo, es en el tejido de esta relación paternal donde se libran las discusiones clave en las que la vida familiar se sobrepone y mimetiza con la vida política.

Sorrentino nos presenta entonces a un personaje que controvierte la idea de los dirigentes actuales, de posiciones inamovibles que poco dejan lugar a la duda, proponiendo un presidente como Mariano de Santis que, aunque puede parecer de difícil lectura, carga un torrente emocional desbordante, y quien construye con su proceder un manifiesto alrededor de la duda.

Dentro de un universo congruente con la cinematografía de Sorrentino, La Grazia aparece como una nueva exploración de rasgos estilísticos quizá más contenidos y que podríamos llamar litúrgicos. La relación entre iglesia y Estado, el arte y el ejercicio colectivo de consumo artístico, la intrusión del hip-hop que De Santis escucha e interpreta, los personajes estrafalarios e histriónicos y la comedia ingeniosa que se abre paso en medio del drama, son algunos de esos guiños fácilmente identificables con la filmografía previa del director.

El amor como principal motor y un engaño del pasado que no para de tener ecos en el presente, abren en el protagonista una grieta profunda que deja al descubierto su herida más íntima. Como un cuerpo que aprende a caer en la tierra atendiendo a la gravedad, La Grazia nos confronta con reflexiones vitales que sólo existen al mirar en retrospectiva y soltar el lastre del pasado, para encontrar de nuevo la tierra firme.

*Comunicadora audiovisual, gestora cultural y crítica de cine. Productora de Cinemancia Festival Metropolitano de Cine. Egresada de la Escuela de crítica de cine de Medellín.

Por Melissa Mira

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