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El señor esté con vosotros

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Crítica de Cine y Santiago Nicolás Giraldo Enríquez
24 de abril de 2026 - 05:05 a. m.
"Alauda Ruiz de Azúa propone un drama minucioso, manejado a partir de situaciones aparentemente insignificantes, bajo las cuales bullen conflictos familiares y el fastidio de una cotidianidad desmoronada" - Santiago Nicolás Giraldo
"Alauda Ruiz de Azúa propone un drama minucioso, manejado a partir de situaciones aparentemente insignificantes, bajo las cuales bullen conflictos familiares y el fastidio de una cotidianidad desmoronada" - Santiago Nicolás Giraldo
Foto: EFE - Javier Cebollada
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Reseña de Los domingos (2025), de Alauda Ruiz de Azúa.

¿Quién no ha dudado nunca de su fe o, por lo menos, de sus convicciones? Que se lance a sí mismo la primera piedra. Y que no se diga mentiras. Todos creemos ir muy recto por el camino de nuestros principios hasta que la vida nos zarandea y nos pone de frente con la inmensidad de desvíos que podemos tomar. Lo que espera la familia, lo que esperan los maestros, los amigos o uno sobre su propia vida suelen ser expectativas que chocan. La incertidumbre crece y el tiempo no cesa. Algo así es lo que le pasa a Ainara, protagonista de Los domingos (2025). Tiene 17 años, no conoce la vida adulta y empieza a convencerse de que tampoco quiere seguir descubriendo el mundo. En cambio, siente un llamado divino que la invita a enclaustrarse en un convento de monjas.

Igual que en su ópera prima, Cinco lobitos (2022), Alauda Ruiz de Azúa propone un drama minucioso, manejado a partir de situaciones aparentemente insignificantes, bajo las cuales bullen conflictos familiares y el fastidio de una cotidianidad desmoronada. La indecisión de Ainara por su futuro es, ante todo, una excusa para ahondar en lo que hay detrás de ella: la presión de su tía (quien, a falta de una vida que la satisfaga, pretende obligarla a hacer lo que ella quiere), la apatía de su papá (preocupado primero por deudas y después por sus hijas) o la serenidad del grupo de oración (que más la acoge como una familia). Antes que su religión, el entorno pone en tela de juicio su capacidad para elegir por ella misma.

Son esas peleas internas las que ensamblan el conflicto real de la película. El que se va dejando entrever con comentarios agudos, reclamos precipitados, desplantes, interrupciones. Que va haciendo cada vez menos sutil la rabia contenida, el rencor de debajo de la lengua. Una distancia irreconciliable que separa a la familia desde dentro y la reúne alrededor de Ainara como último recurso antes de la ruptura. Antes de una explosión controlada que llega y se va, casi anecdótica.

Visualmente, está contada desde secuencias pulcras. Imágenes cuidadas con técnica y mesura que llevan la religiosidad de los espacios dogmáticos a los cotidianos y a los que no son tanto. En ellos, la historia vuelve a su punto de partida para ofrecer breves momentos de emancipación. Instantes en que no hay sino influencia del descubrimiento juvenil. De preguntas sobre lo que empieza donde terminan las puertas de la iglesia. Eso que dibuja sonrisitas furtivas y hace que la mirada se desvíe aunque uno no quiera. Por su parte, la música (mayormente religiosa) juega a entrar y salir de la diégesis como acompañamiento y recordatorio de la psicología de la protagonista. Una especie de leitmotiv que contextualiza la tensión, pero no la satura. Son las actuaciones las que de verdad mantienen vivo el drama. Drama distante que no avala ningún punto de vista; consciente de lo que hace con sus sujetos. Y con su espíritu.

Por Santiago Nicolás Giraldo Enríquez

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