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“El sexo no es algo que se hace, es un lugar al que se va”: ‘La invitación’, de Olivia Wilde

Crítica de Cine y Melissa Mira Sánchez

14 de agosto de 2026 - 12:05 a. m.
4,5/5 “¿Cuál es el punto de quiebre de una relación?, ¿la inexistencia del deseo?, ¿la falta de realización individual”: Melissa Mira
Foto: Archivo Particular
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La preproducción que implica una visita anunciada pasa por distintas fases: antes de abrir las puertas de nuestra casa limpiamos y ordenamos al punto de que la casa misma es ahora un remedo idealizado de la casa habitada, una proyección de lo que el espacio sería sin los pequeños caos que conlleva ocuparlo, no sin la justa dosis de algún descuido premeditado que disimule el esfuerzo excesivo. Las cosas entonces no están donde suelen estar tras su uso, como si quisiéramos fabricar la ficción de un espacio modelo, y, en esa misma vitrina de exhibición, se construye la fachada de que quienes habitan el espacio –ahora anfitriones– fluyen en orden con este mismo entorno, acogedor e impecable.

La invitación, última película dirigida y protagonizada por Olivia Wilde, navega una marea de encuentros y desencuentros entre Ángela y Joe, un matrimonio agotado que recibe la visita de sus sugestivos vecinos, Pina y Hawk. Aunque hasta entonces apenas se habían cruzado en el tránsito por zonas comunes del edificio, cada noche los vecinos interrumpen el sueño de la pareja con un concierto de ruidos y gemidos provocado por sus exuberantes encuentros sexuales, lo que Ángela percibe con curiosidad y admiración, y Joe con rabia y seguramente algo de envidia, más aún cuando la vida sexual de ellos se está desmoronando, o, más bien, se ha vuelto inexistente.

¿Cuál es el punto de quiebre de una relación?, ¿la inexistencia del deseo?, ¿los rituales que se abandonan o se vuelven rutina?, ¿la falta de realización individual? Ángela y Joe atraviesan picos explosivos de tensión en esta comedia doméstica que reside principalmente en el diálogo, saltando alternadamente entre energías disímiles como el desinterés, la confesión, la complicidad, el coqueteo, la desconexión y el complot. La intrusión de la pareja de vecinos, con una mentalidad abierta y progresista, les interpela a tal punto que todos sus esfuerzos para no parecer calculadores o demasiado tradicionales surten precisamente el efecto contrario, y acaban enfrentándose entre sí frente a los invitados y sacando a la luz todas las inseguridades que cargan en su vínculo.

El apartamento como única escenografía acentúa la sensación de que no hay escapatoria o huída posible ante la incomodidad, y crea unas condiciones plásticas específicas para la cámara, que explora los rincones del espacio privilegiando los planos enmarcados por el decorado: espejos que devuelven el reflejo, ventanas como portales a la intimidad; los personajes encuentran en estos resquicios la posibilidad de observarse desde lejos, en un juego de ida y vuelta constante y cautivador. No muy tarde llega entonces una segunda invitación, entre el flirteo cruzado de las parejas y la inevitable conversación sobre el ruido de los orgasmos nocturnos aparece la propuesta que deja a Angela y Joe entre halagados y en shock. La posibilidad de besar otra boca y tocar otro cuerpo hace que, paradójicamente, la pareja logre ponerse en sintonía para reconectar.

Con un guión ingenioso, que siembra desde el minuto uno gags para situaciones cómicas futuras y con una puesta en escena situada que podría sentirse muy cercana a lo teatral, La invitación, remake americanizado de la película española Sentimental (Cesc Gay, 2020), consigue hilar un humor muy fino alrededor de las contradicciones inmersas en las relaciones de pareja de larga data, todo esto sin dejar de lado la emotividad. En medio de la intensa conversación, que parece un tiroteo constante y divertido entre las partes, la película deja en evidencia que hay ciertas grietas que no pueden esconderse de las visitas, entre ellas pueden sobrevivir las huellas de un amor que está lejos de ser impecable.

Por Melissa Mira Sánchez

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