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La nueva generación iraní convierte la denuncia en espectáculo: ‘Ella y su hijo’

Crítica de Cine y David Guzmán Quintero

04 de septiembre de 2026 - 12:05 a. m.
Foto: Ella y su
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El último filme de Saeed Roustayi constituye un caso paradigmático de la situación —ética y, por tanto, estética— del cine iraní: una filmografía nacional que ha incorporado en sus relatos los distintos devenires políticos y culturales del país.

El primer gran parteaguas puede situarse en 1979, con la Revolución Islámica y la fundación de la República Islámica de Irán. Antes de ese acontecimiento, encontramos películas como Ajedrez del viento, melodrama estilizado y argumentalmente profundo sobre la avaricia y el hartazgo. Tras la revolución, el Ministerio de Cultura y Orientación Islámica adoptó una política rígida respecto a qué filmes podían producirse, comparable en ciertos aspectos con el control soviético ejercido por organismos como la Goskino. A ello se sumó una postura antioccidental que condujo a la prohibición de buena parte del cine hollywoodense. Los cineastas respondieron a estas restricciones mediante la sencillez. De ese periodo provienen las películas que llevaron el cine iraní a los grandes festivales europeos; de ese periodo proviene, claro, el legendario y controversial cineasta Abbas Kiarostami.

¿Qué ha cambiado entre el Irán de Kiarostami y el actual? En cuanto a las restricciones gubernamentales, casi nada. Sin embargo, internet es una herramienta que las autoridades no han logrado domesticar por completo. Gracias a la piratería, muchos iraníes acceden a filmes que nunca llegan a las carteleras nacionales. A esto se suma la creciente presencia internacional del cine iraní. La repercusión estética de ese intercambio resulta evidente, tanto en cineastas consagrados como Asghar Farhadi –ganador de dos premios Oscar– como en autores más recientes, entre ellos Roustayi.

La diferencia principal reside en aquella sencillez. En Kiarostami había una suerte de nominalismo: los hechos no significaban necesariamente algo más allá de sí mismos, sino que adquirían sentido en relación con otros hechos y con el contexto. Por eso sus fábulas podían limitarse a un niño que viaja a la capital para asistir a un partido de fútbol o a otro niño en busca de un compañero para devolverle un cuaderno. En el cine iraní reciente, en cambio, se ha reducido la distancia entre la fábula y el mensaje. Fue solo un accidente, de Jafar Panahi, es atrevida al mostrar mujeres sin hiyab, pero también explícita en su moral.

Este cambio puede relacionarse con las agitaciones sociales de los últimos años, como ocurrió con el cine latinoamericano durante las dictaduras. Panahi y Roustayi han sido encarcelados, lo que quizá vuelve necesaria una declaración más clara. Roustayi criticó las políticas antidrogas en Solo 6.5, mientras que Los hermanos de Leila ni siquiera pudo exhibirse en Irán. Así, filmes como Un héroe, Fue solo un accidente y Ella y su hijo revelan una creciente intensidad melodramática, incluso cercana al cine comercial. Roustayi elabora secuencias de acción y música

extradiegética próximas a Misión imposible. En Ella y su hijo, está esa tendencia, además de un melodrama tradicional, un final lacrimógeno y un amor nunca consumado. No obstante esto pueda percibirse como la muerte del cine iraní conocido en Occidente, también constituye un proceso de evolución legítimo e, incluso, ineludible para los cineastas iraníes. Queda por ver si, en esa transformación, la necesidad de volver grandilocuente la denuncia no termina banalizándola, vía el espectáculo.

ELLA Y SU HIJO | TRÁILER

Por David Guzmán Quintero

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