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Esta película lleva despertando pasiones incluso desde antes de su estreno. Y no es para menos. La Odisea es una de esas historias fundacionales de la tradición occidental, y una especie de guía para las narraciones que vendrían después. Lo que hoy se considera canónico para Occidente comienza, en parte, con los poemas homéricos. Por eso mismo las expectativas alrededor de su director han sido altísimas y de todo tipo. Es una historia que le pertenece a las millones de personas que se han criado entre sus páginas y que sienten como suyas las aventuras de sus personajes. Nolan sabe muy bien que es imposible cumplir los deseos de todo el público, así que opta por tomar los elementos necesarios para trazar un bosquejo general de la obra original que, si bien respeta su esencia, no se compromete ni se arriesga.
Aunque permanecen algunas manías del autor, no hay un sello personal que diferencie esta cinta de la que podría hacer cualquier otro director en Hollywood. Aparte de la publicidad, claro. Es un resumen con puestas en escena ostentosas y secuencias bien conseguidas, a las que les falta humanidad y algún subtexto que vaya más allá del que da la propia historia. Las imágenes son suficientemente épicas para atrapar al espectador y los saltos temporales se esfuerzan por mantener una narración ágil y precisa.
Sin embargo, ese intento por satisfacer al gran público termina quedándose corto y no entrega una obra profunda, sino, sobre todo, complaciente. Eso, que no es necesariamente malo, tiene que ver con las intenciones detrás de la película, más comerciales que otra cosa. También tienen que ver la obsesión por la tecnología y la calidad de imagen, que es uno de los pocos rasgos que sobreviven de la mirada de Nolan, y que se quedan en la superficie, en el empaque. Vale la pena, además, mencionar el tan extendido debate acerca de la forma “correcta” de ver la película, que ha contagiado al público de esa misma fiebre por los tecnicismos del espectáculo. Las cámaras IMAX, las actuaciones ampulosas, la ambientación detallista y el sonido atronador crean una experiencia imponente desde lo audiovisual, que queda a deber en lo artístico.
Otra cosa que hace muy bien es amoldarse a los fetiches de la narrativa occidental. Sufrimiento, redención, venganza, amor eterno, drama épico, viajes sin rumbo, batallas mitológicas. Ejemplos de un esquema que trascendió la historia y llegó a nuestros días en forma de literatura y liturgia. No es raro entonces que los personajes tengan esa mística que el cristianismo ha popularizado durante siglos, ni tampoco que, por momentos, se parezca incluso a alguna de las muchas películas religiosas que cuentan episodios bíblicos. Su perfeccionismo técnico es otra forma de entender la fijación que tiene Occidente por lo sagrado, igual que la elección de los actores, de rostros hermosos, apenas deformados por las circunstancias, pero siempre heroicos. Es la hegemonía de Hollywood dándose el visto bueno a sí misma. Lo más llamativo es que no intenta disimularlo. También lo menos.