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Urbanidad es andar en patineta

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Crítica de Cine y David Guzmán Quintero
01 de mayo de 2026 - 05:11 a. m.
"Jarmusch no es un director que esté sometido ni a los principios del entretenimiento al por mayor, ni a los del cine avant-garde" - David Guzmán Quintero
"Jarmusch no es un director que esté sometido ni a los principios del entretenimiento al por mayor, ni a los del cine avant-garde" - David Guzmán Quintero
Foto: EFE - RICCARDO ANTIMIANI
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Reseña de Father Mother Sister Brother, de Jim Jarmusch

A la luz de su último filme, Father Mother Sister Brother, se suscitó la pregunta de por qué este se llevaría el máximo galardón en un festival tan prestigioso como el de Venecia, mientras, al mismo tiempo, no fuera siquiera nominado en alguna categoría de los Oscar. Omitiendo las agendas —opuestas pero igual de rígidas— que siguen de un lado y de otro, la respuesta yace en lo que significa una figura como Jarmusch para Hollywood: el director irreverente que no se ha dejado domesticar por la industria, manteniendo ante todo su postura juguetona.

Jarmusch no es un director que esté sometido ni a los principios del entretenimiento al por mayor, ni a los del cine avant-garde. Sus propuestas están lejos del preciosismo y rozan constantemente lo caprichoso, cuando no lo despreocupado. Ha atravesado cuantos contextos se puedan ocurrir pero apropiándose de cada uno de la manera más descarada —lo que no es dicho de forma peyorativa, en lo absoluto—: desde personajes que solo conversan en cafeterías o que ocupan todo su tiempo solamente perfeccionando su acento neoyorquino, hasta vampiros, vaqueros y samurais. Eso produce una filmografía muy susceptible a deleites absolutos o disgustos recurrentes. Pero eso es parte del contrato que el espectador ha de asumir con un director como Jarmusch.

Este se trata de un filme antológico, lo que no es un formato nuevo para el director: en medio de un paisaje nevado, dos hijos visitan brevemente a su padre y mantienen una conversación llena de frases dichas por compromiso; dos hijas van a ver a su madre y la etiqueta —junto con el celular— se interpone en el camino de una charla verdaderamente cómoda; y, finalmente, un relato que funciona casi como una actualización de la serie de cortos de Jarmusch, Coffee & Cigarettes.

Lo que sí aparece como una revelación respecto al resto de su filmografía es lo sofisticado de su forma, algo que tal vez inhibe un poco la experiencia juguetona que suelen ofrecer sus relatos. Lo “sofisticado” proviene de una puesta en escena casi cosmética, con una fotografía que parece arrancada de una revista. A esto se suman conversaciones reducidas a una mesa redonda en espacios cerrados y aparentemente confortables, y una puesta en cámara limitada al plano-contraplano.

Que no se entienda, sin embargo, que se trata de una propuesta insulsa. O, mejor dicho, sí lo es, pero solo en la medida en que la forma intenta ocultar lo mismo que sus personajes. Y lo único que rompe esa parsimonia es la mirada de los protagonistas hacia unos jóvenes que montan en patineta, filmados en cámara lenta, presentados ante ellos como un horizonte deseable pero aparentemente imposible. Acompaña todo esto la música extradiegética: una suerte de jazz-rock impresionista que sintetiza ese conflicto entre el sujeto y su máscara impuesta por códigos sociales.

El último relato, con una panorámica nos enseña un apartamento completamente vacío: parece sugerirnos que hay espacio para la honestidad si quitamos del medio la mesa redonda.

Por David Guzmán Quintero

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