
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Valoración: 4,5/5
Amor y conflicto son dos indispensables en casi cualquier historia de la narrativa occidental. De Hollywood ni se diga. Atraviesan el día a día por acción u omisión. Dibujan una parte de nuestra identidad y nos delimitan el futuro. “Hasta que la muerte nos separe”. Están arraigados a lo que somos y a lo que contamos. Los entendemos íntimos, profundamente nuestros. Es en ese sentido que el planteamiento de The drama (2026), tan universal como su título, muestra una vez más que nos encanta ver en pantalla grande los dilemas que podrían pasarle a cualquiera: una relación que parecía perfecta se empieza a tambalear cuando un secreto del pasado se revela inesperadamente. La misma semana en que se van a casar, además.
Lo que sigue es ansiedad y desconfianza. Los reproches de una pareja que creía saberlo todo el uno del otro. El guion se aprovecha de ese desconocimiento mutuo para explorar lo que también desconocen de sí mismos. Para alumbrar parcialmente en los vacíos psicológicos que dan forma a sus dramas internos. Esos que guían sus acciones y la acción de una película ágil, envolvente, concisa; que juega a cortar sobre los planos de súbito, a saltar entre escenas y a detenerse en situaciones específicas para imprimir extrañeza a las secuencias individuales y compartidas. Un tono sarcástico con tintes de humor negro complementa ese dramatismo denso y, lejos de diluirlo, lo vuelve más cercano.
Mezcla lo patético y lo privado en momentos elegidos cuidadosamente, que sostienen el peso emocional de la dinámica entre los protagonistas. La elección de dos superestrellas (Zendaya y Robert Pattinson) como actores principales tampoco es gratuita. Buscan, como el resto de la puesta en escena, una sensación de belleza detrás de la que se esconde el malestar. Están puestecitos entre decorados limpios, impasibles, que los miran perderse entre la paranoia y la pensadera. Charlas que no llevan a ninguna parte e imágenes del pasado que se funden con el presente. Que no regresan filtradas sino escupidas: arrojadas hacia el ahora cuando más duelen, alteradas por la propia ansiedad, unidas al ritmo de ese presente cotidiano y filmadas con su mismo estilo. Envueltas por la obsesión como cualquier trauma, como el miedo, como el vértigo de amar.
El ya mencionado sarcasmo y la atención que la película tiene por sus personajes la llevan a inmiscuirse con ellos antes que a juzgarlos. Tampoco hace juicios ni críticas morales de los temas que toca, sino que alude a ellos dentro del contexto psicológico de la trama. Se preocupa más por el conflicto de la pareja que por su trasfondo social. Por eso hace drama y espectáculo de una coyuntura que hoy es debate nacional en Estados Unidos (una sociedad intranquila por lo demás, tal vez la única en el mundo con esa clase de problemas). Prefiere quedarse con los sentimientos y sus desenlaces. Con el principio de que todo amor necesita algo de drama y todos necesitamos algo de amor. Aunque arda un poquito, solo a veces.