El cine de Kirill Serebrennikov siempre ha estado fuertemente ligado a Rusia: a su historia y, muy específicamente, a su idiosincrasia. A partir de este contexto, su cine se caracteriza por personajes marginalizados, relaciones masculinas homoeróticas y, sobre todo, unas puestas en escena que no obedecen completamente a los planteamientos realistas. Esta posición estética, claro, también es política, pues con Lenin se erigió en el cine un género conocido como “Realismo —Clasicismo— socialista”, que planteaba una representación política naturalista de la sociedad, al tiempo que se enaltecía al obrero como arquetipo de héroe; desde Tarkovsky —censurado por la Unión Soviética— este género entró en declive. Tras algunos enfrentamientos con los circuitos artísticos y con el gobierno, además de la radicación de la ley contra la “propaganda homosexual”, Serebrennikov decidió irse de Rusia. Este es su primer filme fuera de su país natal.
Esta puesta en escena responde mucho más a un estilo reciente en el que dejó de poetizar el espacio-tiempo —cosa que, personalmente, no me molestaba en lo absoluto— y optó por unas propuestas más sobrias, pero no menos rigurosas. Esto es visible puntualmente desde La esposa de Chaikovsky, donde aborda el tortuoso matrimonio entre Antonina Miliukova con el compositor ruso, consumado solamente para desviar los rumores en torno a la homosexualidad de este último, mientras, al mismo tiempo, resulta retratanto un contexto político opresivo para las mujeres y los homosexuales. Sin embargo, Josef Mengele resulta quedándose a medio camino entre una confrontación doméstica, un retrato bélico de la posguerra y una curiosidad histórica.
Como ya se dijo, sus filmes estaban muy situados en el contexto ruso, aunque sus puestas en escena, en gran medida, se caracterizaron en algún punto justamente por la ruptura lineal del espacio-tiempo —algo tendrá que ver su formación como físico—. Es ese valor, de entrada, lo que genera un curioso desdibujamiento de la personalización del relato: es un filme alemán, dirigido por un ruso, cuya fábula se desarrolla entre Argentina y Brasil, a través, principalmente, de dos líneas temporales. Estos “desdibujamientos”, en otras ocasiones, le han salido muy bien, pues sus filmes siempre juegan con las convenciones y nunca se consolidan en una categoría claramente preestablecida: no es raro que un relato suyo pase del realismo al musical, por ejemplo. Aquí eso le juega en contra: si previamente había logrado una suerte de palimpsesto, aquí lo que hace es una mezcolanza: una experiencia formal que no produce mayor goce estético, una reflexión política que no reflexiona mucho y una confrontación histórica que no pasa de un par de diálogos.
Quizá haya mucho más material que un cine político presente pueda recoger del pasado para pensar varios problemas de hoy, como las invasiones imperialistas contemporáneas o el renacimiento constante de políticas chauvinistas que resultan generando más guerras. A ese respecto, al sol de hoy, insisto en que solo han salido tres buenos filmes sobre la Segunda Guerra Mundial: Noche y niebla (1956), Ven y mira (1985) y La cinta blanca (2012).