Hablar del cineasta mexicano Fernando Eimbcke es hablar de una mirada capaz de leer a sus personajes con humanidad y calidez. Desde su ópera prima, Temporada de patos (2004), ha mostrado interés por esos pequeños fragmentos de la vida que parecen tan banales y significan tanto cuando los miramos a detalle. Trata con madurez lo que para muchos es irrelevante y es sensato en su manera de contar esas historias mínimas. En Moscas (2026) sigue a Olga, una mujer de mediana edad que convive con el tedio de los días. Su soledad la encierra y, aparte de jugar sudoku en un viejo computador e intentar acabar con los insectos que zumban en su apartamento, no hace casi nada. De imprevisto, se ve obligada a juntar dinero para una operación en el pie, por lo que le alquila una habitación de su apartamento a Tulio, un desconocido con el que apenas comparte una vaga conversación antes de entregarle las llaves.
Lo que Olga no sabe es que Tulio viene acompañado de su pequeño hijo Cristian, y que ambos cargan con el dolor de la incertidumbre. La madre de Cristian y esposa de Tulio está internada en un hospital contiguo al edificio de apartamentos, aguantando una lucha contra la enfermedad. Ninguno de los protagonistas está ahí por gusto, sino que están obligados a vivir juntos porque no tienen de otra. Sus vidas se entrecruzan por las carencias, porque no es fácil para nadie chocar con la desgracia, porque les toca ganarse el pan de cada día y juntar moneditas para los medicamentos, porque ninguno es dueño de su destino, porque solo somos dueños de nuestra tristeza.
Esa relación que empieza con reclamos se va volviendo tierna mientras más momentos comparten Olga y Cristian; momentos que los acercan entre ellos, pero que también los acercan a nosotros. Que hacen entrañable la dinámica de ambos en pantalla, sin olvidarse de sus tragedias. Lo sensible de la mirada de Eimbcke está en que cuida lo simple y lo vuelve conmovedor. No necesita ser completamente explícito con las emociones de los personajes para hacernos sentir lo mismo que ellos e incluso cosas distintas, pero con el mismo peso y la misma intimidad.
Las imágenes se toman el tiempo necesario para envolvernos en la historia y dejar respirar el drama, pero también intensificarlo cuando los golpes son inminentes. La decisión del blanco y negro permite que la ternura se concentre en las acciones y los diálogos de los personajes. Nos confronta con la honestidad de las actuaciones y de la cámara. El artificio se esconde y apenas se deja ver cuando la película es consciente de él. Por eso hay escenas muy puntuales que rompen con el realismo de la imagen y el sonido, y nos recalcan que estamos frente a la ficción. Así como los personajes se cautivan por los pixeles de un celular o una máquina arcade, nos dejamos encantar por una pantalla que sabe qué muestra y qué no. Que sabe susurrar historias tan emotivas como esta.