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Estos últimos años han salido un par de filmes que han brillado por su modestia. Del año pasado, por ejemplo, recuerdo con mucho afecto Un dolor real, de Jesse Eisenberg. Tanto aquel filme como este, Letras robadas, cumplen con un propósito que es muy sencillo. Y aunque, personalmente, el entretenimiento me parece algo bastante similar a un señuelo, sumamente inconveniente, además, en esta era tan líquida subyugada a un algoritmo, creo que hay algo bastante loable en un propósito tan sencillo y que no pretende apelar la hiperestimulación habitual de Hollywood. Esta semana, por ejemplo, coinciden en cartelera Spielberg y Nolan, las caras aparentemente respetables del crispeterismo de hoy en día. Después de Batman, los filmes de Nolan siempre generan cierta expectativa, pues es un director que, cada vez más, ha emprendido esa búsqueda hacia la estimulación del entretenimiento mientras le da a su audiencia la falsa satisfacción de estar viendo algo muy complejo. Su cine es una maquinaria carísima que está puesta a disposición de la idea de belleza más cliché y del narcisismo del autor, cosa muy evidente en su muy célebre Oppenheimer.
Por su lado, Letras robadas también está plagado de clichés —como la cámara lenta o algunos juegos de cámara bastante infantiles— al servicio de una codificación cultural muy específica que han conformado un conjunto de filmes que se emiten los domingos después de almuerzo. También genera un esquema muy evidente del que después se le dificulta salir, estructurando el montaje con la historia por un lado y las intervenciones musicales por el otro. Sin embargo, no deja de haber cierta candidez en lo mucho que el director confía en la música y toma pequeños riesgos formales, incluso en el marco ya descrito.
A Carney, gran parte del público lo recordará por Begin again, un filme que, como este, cuenta con las interpretaciones de un actor de Marvel y una estrella pop. Es decir, hay una sensibilidad del director por cierta plasticidad musical que se puede constatar previamente en su filmografía. En Letras robadas, no obstante los clichés mencionados, también elude otros en pro de la música, que es a lo que le da más importancia su guión, que a simple vista puede parecer una comedia como tantas otras sobre dos generaciones en un mismo oficio. Paul Rudd, como una especie de Bruce Springsteen de bares locales que está esforzándose por “actualizarse” sin traicionarse, y Nick Jonas, como una estrella pop cuya carrera está en pleno auge.
Y el ver a ambas generaciones compartiendo una canción de Stevie Wonder es, tal vez, lo que más le interesa a Carney. Al dejar de lado el ya trasnochado conflicto entre lo viejo y lo nuevo para dar paso a la posibilidad de un lenguaje común que la música parece conservar, se toma la decisión más precisa —y quizá también la más urgente para esta era líquida—. Y eso también debe celebrarse.
