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Vestigios del dolor femenino

Crítica de Cine y Melissa Mira Sánchez

29 de mayo de 2026 - 12:05 a. m.
CANNES (France), 15/05/2025.- German Director Mascha Schilinski attends the photocall for 'Sound of Falling (In Die Sonne Schauen)' during the 78th annual Cannes Film Festival, in Cannes, France, 15 May 2025. The film festival runs from 13 to 24 May 2025. (Cine, Francia) EFE/EPA/MOHAMMED BADRA
Foto: EFE - MOHAMMED BADRA
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Foto: El Espectador

Reseña de El sonido al caer, de Mascha Schilinski.

Como en una suerte de cadáver exquisito, las vidas de cuatro mujeres jóvenes, que habitaron la misma granja al norte de Alemania a lo largo del siglo XX, se sobreponen. Alma, Erika, Lenka, Angelika y las mujeres que las rodean cargan con una constante pulsión de huida, ya sea escapando físicamente o inclinándose hacia una muerte buscada. La propuesta consigue horadar el espacio-tiempo al reconocer una serie de fantasmas transversales que, más que de orden espiritual, hablan de estructuras de violencia heredadas y legitimadas.

En medio de una atmósfera sombría y enigmática las protagonistas se ven encerradas o enmarcadas no sólo por el formato cuadrado de la imagen sino por reflejos, ventanas y rendijas, como si su presencia estuviera siempre desplazada y exigiera el ocultamiento; ya sea orbitando el mundo de los adultos o los márgenes del dolor, el cuidado y el sometimiento, parecen estar al borde de un mundo que las sobrepasa. Esa melancolía que atraviesa a las cuatro mujeres funciona siempre como espejo, aunque la linealidad se ve interrumpida, existe un tejido sensorial que amalgama a los personajes, haciendo que el paso de una línea temporal a otra sea difuso y que incluso los mismos testimonios personales en off puedan posarse sobre la vida de las otras sin parecer discontinuos.

La muerte aparece como leitmotiv manifiesto y espectral, así como las imágenes de ojos que espían, pieles, ombligos y cuerpos mutilados, que construyen un inventario de vestigios del sufrimiento: como la esterilización forzada de las criadas o la pierna amputada de un joven para evitar su reclutamiento en el servicio militar. Los personajes transitan terrenos hostiles y los espacios parecen quedar cada vez más impregnados de los hechos que atestiguaron, como si el el presente, por más anodino que fuese, no pudiera desprenderse de la carga que el pasado le deposita.

Plásticamente, la película se nutre de recursos profundamente pictóricos: la puesta en escena de retratos familiares y mortuorios, los planos secuencia que recorren la casa -donde los personajes aparecen y desaparecen y la iluminación en claroscuro va develando los espacios-; el efecto blur de las escenas de ensueño o fantasía. La construcción minuciosa del universo sonoro mantiene una tensión de premonición constante, todo esto a través del juego con las texturas, los planos sonoros y los murmullos de la naturaleza vegetal y animal. Este virtuosismo riguroso quizá funciona como una especie de anestesia, que embalsama la densidad emocional del filme.

El sonido al caer, que se refiere a ese estruendo definitivo que hace de umbral con la muerte, acierta al hilar un universo femenino transtemporal, donde el dolor traza paralelismos y la historia se convierte en una presencia inherente a los espacios. Aunque este peso de aflicción sostenida deja escaso lugar a los matices en la experiencia espectatorial, la película consigue crear un cuerpo colectivo orgánico de vivencias y ausencias, que atraviesan la feminidad en diferentes estadios, y que pone en el centro de la discusión la memoria histórica y generacional.

Por Melissa Mira Sánchez

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