La salida a almorzar con la familia en Bogotá en los días de fiesta a los restaurantes campestres de la sabana es una vieja tradición. Las exigencias culinarias, normalmente laxas en esta ciudad, se relajan aún más en estos casos.
Nos fuimos a La Huertana, un delicioso restaurante campestre en la vía Medellín-Subachoque. La comida es sencilla y no muy variada. El menú es de restaurante campestre bogotano: asados, chorizos, chinchulines, mazorca asada, patacones, empanadas, ajiaco, los tradicionales postres de breva, cuajada con melado y postre de natas. En fin, comida sencilla que se logra con dedicación culinaria, si bien no es una experiencia gastronómica importante, puede ser agradable.
Como entrada pedimos chorizos, morcilla, empanadas y papitas criollas fritas. Todo acompañado con patacones y dos buenas salsas: chimichurri argentino y una rica salsa de tomate fresco, ají, cebolla picada y cilantro. Los chorizos resultaron longanizas, buenas, un poco secas, pero las salsas ayudaron a pasar por alto pequeño problema. Las morcillas muy ricas, suaves y cocidas con la técnica apropiada, sin exceso de fritura. Las papitas criollas fritas, pequeñitas, deliciosas. A los patacones les faltó una de las condiciones para su perfección, que salga del caldero de aceite directo a la mesa. Las empanaditas rellenas con papa y guiso, la masa muy gruesa para mi gusto, en fin, sin pena ni gloria.
De 13 platos a la parrilla, con precios alrededor de los $28.000 por plato, escogimos sobrebarriga a la parrilla y lomito a la parrilla. La sobrebarriga, aunque de buen sabor, nos resultó muy seca. Le faltó estar con más grasa entreverada. El acompañamiento de rigor, las papas chorreadas estaban buenas, pero les faltó un toque clave de queso. El lomito, muy bien parrillado, dorado por fuera y por dentro jugoso, estaba en el punto preciso de cocción exigido. Es carne madura, lo cual es un avance importante que empieza a ofrecerse en restaurantes bogotanos. La salsa de crema de leche que lo acompañaba, servida aparte, no estuvo a la altura de la carne. Es de anotar que las porciones de carne son muy generosas, de tal manera que, después de las picadas iniciales, con media porción tuvimos.
Como postre nos salimos de la línea y pedimos un rico plátano maduro asado con bocadillo y mozzarella de la región. Realmente fue un acierto. Estaba en el punto óptimo de maduración y de asado.
En estos bellos jardines comimos bien. Una comida sencilla, pero con dedicación culinaria.