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Hace treinta años, en 1979, Doña Sabina diseñó el menú y montó el restaurante Piccolo Café en la quince con noventa y seis. Se convirtió en un clásico de Bogotá con una clientela grande y fiel, y precios relativamente “cómodos” en su tiempo.
Hoy su hijo Luciano continúa con el restaurante en el mismo sitio, con la misma decoración estilo bistrot, con el mismo menú desarrollado por Doña Sabina, y los mismos clientes. Las diferencias son mínimas: los precios son relativamente más altos y el promedio de vida de los comensales está entre 60 y 70 años. Y algo nuevo que no le encontré explicación, una carta de sushi y un recinto grande de bar.
El menú fuera del sushi está compuesto por 12 entradas frías: carpaccio de res y otros, prosciuto de Parma con melón, bresaola, mozzarella, mortadela italiana y otros. Las entradas calientes son siete entre cremas y sopas. Hay pizzas a $30.000. Pastas largas, cortas y rellenas con diferentes salsas, todas conocidas en el medio. Lasañas, risotti. Nueve carnes, entre $35.000 y $40.000 y pescados con las tradicionales recetas y presentaciones del medio y dulces. Por supuesto, fuimos a comer la vieja comida del Piccolo. Pedimos lo recomendado como platos estrellas del restaurante, que son los mismos de hace 30 años. Empezamos con “carpaccio de res”. Es la vieja receta de Doña Sabina y la entrada recomendada por el maître, los otros carpaccios son los advenedizos. Estaba bien presentado con telitas de “parmesano” nacional, pero algo desabrido. Seguimos con “Tri”, son tres pastas diferentes con tres salsas diferentes. La “mediterránea”: tomate fresco albahaca con mantequilla y aceite de oliva con penne. La muy conocida “Putanesca”, que lleva tomate fresco, aceitunas negras, alcaparras, anchoas, perejil, ajo y picante con espaguetis, y “ravioli rellenos con ricotta y espinaca” con salsa tres quesos (parmesano, pecorino y azul). Ninguno de los tres platos con sus salsas se salía de lo común, aburridas y sin sorpresas. Pero las pastas propiamente dichas son excelentes, suaves y firmes, de buena textura. Son recomendables y las venden por kilo para llevar. El “ossobuco” es también plato estrella y es el más pedido en Piccolo. Realmente dista mucho de un buen ossobuco milanés. Estaba un poco duro y el ossobuco de ternera, hecho con todas las de la ley, se debe poder comer con tan sólo el tenedor. Una de sus gracias es conseguir ablandar los tejidos del jarrete de la ternera, lo que se logra después de un largo proceso a fuego bajo de braseado. Además, no tenía gremolata (ajo picado, ralladura de cascara de limón y perejil), que es el toque magistral del plato. De postre pedimos el Michel Ángelo: manzanas salteadas en mantequilla con uvas pasas y canela, envueltos en hojaldre con el helado de vainilla encima y con salsa de mora alrededor. El plato estaba rico, el helado aceptable.
En definitiva, la culinaria, ni siquiera ligeramente sobresaliente. Si va, no espere ninguna sorpresa. Son los mismos platos, las mismas recetas, con la misma sazón aburrida de los que aquí llaman “restaurantes italianos”. Pero a precio de trattoria buena en Italia. Al fin y al cabo no esperábamos más.
Carrera 15 N° 96-55. Tel.: 257 3394
