Arribismo colombiano

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Daniel Emilio Rojas Castro
09 de mayo de 2018 - 04:00 a. m.
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Si hubiesen siete pecados capitales colombianos, el arribismo encabezaría la lista.

Quizás donde el arribismo colombiano se expresa con más fuerza es en las clases medias urbanas, pues en ellas se tiene la preocupación constante por tener "roce"; por ir a los lugares donde está la gente que está más arriba; por mostrar que también se vale por lo que se tiene. No creo, como lo mencionó el exministro Valenzuela Delgado en alguna conferencia en Medellín, que el estiramiento sea una característica bogotana. En las ciudades colombianas donde he puesto los pies (Bogotá incluida), casi siempre encontré ese grupo de personas que quieren hacer desayunos o almuerzos "campestres" sin tomar el riesgo de hablar con los campesinos o de embarrarse los zapatos. Ir al campo ignorando a las personas y a la tierra es un signo típico de un arribismo burgués que busca histéricamente lo ecuestre, pero que, como todo lo burgués, nunca llega a ser genuinamente aristocrático.

El arribismo colombiano es la expresión de un complejo de inferioridad que se manifiesta en la necesidad de obtener un reconocimiento social basado en el estatus y la propiedad.

Ser arribista es buscar vorazmente ese estatus y esa propiedad saltándose las etapas que conducen al uno y a la otra: el estatus es una curiosa mezcla de valores aristocráticos y burgueses cuya finalidad, mal o bien, es la distinción. La propiedad, tal como la conocemos hoy, es una institución esencialmente capitalista, basada en la idea de trabajar para acumular y de acumular para adquirir. Paradójicamente, la disciplina ética que implica distinguirse de los demás por lo que se hace y lo que se dice o el trabajo requerido para acceder a la propiedad le importan poco al arribista.

Para el (o la) arribista el carro, la ropa, las joyas o el apartamento constituyen las marcas de la distinción. La palabra, la inteligencia o la capacidad de trabajo son cosas que adornan lo primero, pero que jamas llegan a remplazarlo. Por eso ocurre que al estar rodeado de gente divinamente pueda tenerse la sensación de que en medio de la pompa y el perfume no se dice nada o que lo que se dice sean puras pendejadas. El arribista tiene pavor del vacío y del silencio porque en esos registros ninguno de los atributos que se abroga tiene sentido. Por eso debe llenarlos con decenas de cosas o de pensamientos insignificantes. Por esa pasión frente a lo insignificante, el arribista es a menudo víctima de su propia estupidez y cree erróneamente que el estatus se puede adquirir con dinero. 

En el universo mental creado por el arribismo siempre hay alguien arriba (de las normas y de los demás) y alguien abajo (respondiendo a los caprichos de los que están arriba). Eso explica que en Colombia sigamos teniendo tantos episodios de #UstedNoSabeQuiénSoyYo o de estafadores compravotos que prometen grandes riquezas que al final sólo son castillos en el aire. El precio de la decepción es grande cuando se cree que la elegancia arrabalera es una prenda de profesionalismo o de compromiso con lo público.

Salvo por un puñado de maravillosas excepciones, los colombianos hemos demostrado ser incapaces de juzgar el verdadero valor de las personas sin tomar en cuenta su estatus ni sus propiedades. Cuando aprendamos que lo bueno no siempre es lo caro, y que no todo puede comprarse con dinero, nos habremos liberado de uno de los símbolos más flagrantes de nuestro atraso.

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