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Cocaína, doble moral e hipocresía mundial (III)

Daniel Emilio Rojas Castro

28 de julio de 2015 - 11:07 a. m.

La parodia de la comediante chilena Belén Mora fue otro episodio revelador. A las colombianas se les asoció sin ningún escrúpulo con la prostitución y el narcotráfico.

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La parodia provocó un movimiento de indignación de los colombianos que se expresó con contundencia en las redes sociales y reclamó respeto por el país. Al mismo tiempo, en Chile, donde la parodia de Mora también fue comentada, se elevaron varias denuncias contra grupos delincuenciales compuestos por colombianos y contra las prostitutas colombianas de Antofagasta. Poco a poco las denuncias se mezclaron con consignas xenófobas que, como en el caso de una de las ediciones virtuales del Mercurio de Antofagasta (30.06.2015), exigieron abiertamente la expulsión de los colombianos de Chile.

Sorprendentemente, la polémica desatada por Mora no suscitó ningún cuestionamiento de los colombianos sobre el tráfico y el consumo de drogas en Chile, ni una mirada crítica de los chilenos sobre les excéntricas historias de sus propios narcotraficantes. En todo el territorio chileno hay un aumento del consumo y de la exposición a ofrecimientos del alcaloide, como lo constata un estudio realizado por el Observatorio chileno contra las drogas en 2012. Numerosos artículos de la prensa regional denuncian que la violencia producida por el tráfico de drogas se ha convertido en un problema social constante. Mario Silva Leiva, más conocido como el ‘cabro carrera’, Fabián Gálvez, Arturo Carrasco Bravo o Carolina Ureta Aránguiz, ‘la Diosa de los narcos’, no son invenciones de la prensa sensacionalista chilena, sino casos concretos que demuestran que la responsabilidad del tráfico de drogas no se le puede achacar despreciativamente a los colombianos. Puntualizo nuevamente mi propósito: nada de esto nos libera de la parte de responsabilidad que recae sobre nuestros hombros, pero al hablar de cocaína y de tráfico de drogas se suele buscar la responsabilidad en factores exógenos, sin asumir que las bases del consumo siempre son locales.

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La guerra contra las drogas que se ha peleado en Colombia no cuenta y no va a contar con ningún reconocimiento internacional en los países consumidores. Las decisiones sobre el fin de la aspersión de glifosato, las capturas de los traficantes o los procesos contra políticos y personalidades de la vida pública relacionados con el narcotráfico no tienen ningún impacto real en la percepción sobre Colombia y los colombianos. El estigma permanece y Colombia continua soportando la violencia y dando patadas de ahogado en un mar de prohibiciones que nos afecta más a nosotros que al resto del mundo.

¿Y la hipocresía en toda esta historia ? La simulación y el disimulo son capítulos necesarios de la condena contra los productores y el fundamento oculto que sostiene un puritanismo estúpido, incoherente, pero necesario para legitimar los dispositivos de lucha contra las drogas.

En Colombia sabemos poco de lo que ocurre en otro lugares, pero los ejemplos sobran. George W. Bush, al ser interrogado sobre los rumores que lo señalaban como consumidor de cocaína, señaló que nunca se referiría a las tonterías que hizo para no influenciar mal a las nuevas generaciones. Cuando el polvoroso escándalo salió a flote, 85% de los estadounidenses opinaron que el pasado del entonces candidato presidencial no debería afectar en nada sus aspiraciones políticas. La captura de Trey Radel, diputado republicano de la Florida, por comprar 3.5 gramos de alcaloide en el distrito de Columbia en 2013, y el caso de Marion Barry, alcalde de Washington, capturado por el FBI en 1990 por consumir y poseer crack, son casos que deberíamos conocer y estudiar mejor.

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No falta ser un especialista para notarlo: la matriz nixoniana de lucha contra las drogas basada en el prohibicionismo y la criminalización ha sido un rotundo fiasco. Los 25.000 millones de dólares que se invierten en la lucha contra las drogas en los EE.UU. y con los que se paga el funcionamiento de la DEA no han disminuido el consumo de cocaína en un ápice.

Quienes buscan reducirnos a la posición de parias internacionales y recrear el estereotipo del colombiano traqueto no poseen ni una posición ética sólida ni una evidencia empírica seria. Lo digo por experiencia propia. Para oponerse a los caprichos y a los clichés que ha engendrado el tráfico de cocaína hay que estudiar el problema y tener una alta dosis de calma y valentía. Como en otros casos, la solución empieza por no guardar silencio frente a la injusticia y por combatir con ideas y hechos la doble moral y la hipocresía. No se trata sólo de un derecho. Vuelvo a repetirlo: es sobre todo un deber.

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