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El fin de la euforia

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Daniel Emilio Rojas Castro
10 de mayo de 2016 - 02:00 a. m.
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El domingo en la noche, mientras el parlamento discutía la reforma del sistema de pensiones y del régimen fiscal, cientos de atenienses descendieron a las calles para oponerse a las nuevas medidas de austeridad.

Desde hace seis meses, el gobierno griego intenta ponerse de acuerdo con sus acreedores para diseñar un programa de ahorro que le permita beneficiarse de un tercer plan de ayuda de 86 millardos de euros. La reforma del sistema de pensiones, que prevé la instauración de una pensión nacional de 384 euros para quienes han trabajado durante veinte años, y la del régimen fiscal, que de ser aprobada, aumentará los impuestos de los trabajadores, son las dos condiciones obligatorias para acceder al nuevo paquete de ayudas.

Si entre el 2010 y el 2013 Atenas vivió al ritmo de protestas que se oponían a la aplicación de los planes de austeridad, la llegada de la izquierda radical al poder transformó las movilizaciones del 2014 y del 2015 en muestras de apoyo al gobierno de Alexis Tzipras. En cambio, lo que ocurrió el domingo, expresa el descontento de los sindicatos públicos y privados frente a la forma en la que el gobierno está negociando con el eurogrupo. Pasada la euforia, el descontento y la incertidumbre vuelven a activar la protesta popular. A pesar del número reducido de personas que bajaron a las calles de la capital griega, esta nueva protesta puede marcar el inicio de un nuevo periodo de enfrentamientos con el gobierno.

Y puede serlo, porque a pesar del optimismo que desataron las imágenes de un joven líder capaz de confrontar a los funcionarios más poderosos de la Unión Europea, la nueva reforma del sistema pensional y fiscal constituye la prueba de que la situación de los griegos no se mejorará en el corto plazo, y que, por el contrario, empeorará si el eurogrupo exige más recortes a cambio de nuevos desembolsos de dinero.

Si la puesta en práctica de la reforma pensional y fiscal va a abrir la puerta para que se acepte condonar una parte de la deuda, también pueden provocar que Tzipras pierda la mayoría parlamentaria que le permitió gobernar hasta hoy (y con ello, que otras reformas no se aprueben por falta de votos). El nuevo préstamo perpetua la situación de endeudamiento del país, y en consecuencia, de descontento entre los electores de Tzipras. Pero esta nueva ayuda es quizás una de las pocas maneras que el gobierno tiene de devolverle la liquidez a un sistema bancario sin reservas y sin dinero que prestar.

La inflexibilidad de ciertos países provocó una oleada de antieuropeismo en la sociedad griega, pero no puede negarse que esta vez primó un sentimiento de solidaridad y no de exclusión. Alemania no hizo concesiones, pero tampoco impidió que se elaborara un nuevo plan de ayuda. Los esfuerzos de Francia, de Italia y de varios funcionarios de la Comisión Europea para forzar a los países bálticos, a Finlandia y a Eslovaquia a aceptar una negociación con Grecia bastaron para evitar el Grexit, que al fin de cuentas, era el peor escenario que se había imaginado.

Permanecer en Europa tenía un precio elevado, y a pesar de los protestas del domingo, la sociedad griega va a tener que pagarlo. 

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