Hace un mes se inició el paro de los estudiantes universitarios a nivel nacional, apoyados por profesores y trabajadores del sector educativo. Con sus gigantescas manifestaciones, pacíficas y alegres, lograron hacer visible la dramática situación de la financiación de la educación superior en la agenda nacional y ganarse el apoyo de la opinión pública. Sin embargo, los brotes de violencia de la semana pasada, instigados desde el Esmad, ponen en peligro el respaldo ganado y, más grave aún, se corre el riesgo de desviar la atención del debate urgente y necesario acerca de la precariedad de la educación pública en Colombia.
No se trata de un tema de poca monta. Por mucho tiempo, la educación universitaria era reservada para las élites, tanto intelectuales como económicas. Pero cada vez más, en los últimos años, la educación superior se ha convertido en una aspiración legítima de la clase media y trabajadora. Desde la óptica constitucional, hace parte del derecho fundamental a la educación. Para un país que busca superar el conflicto armado, es una herramienta indispensable para la construcción de paz. Pero también desde la lógica de las nuevas demandas de la economía moderna, el título universitario se ha convertido en el requisito mínimo para competir en el mercado laboral.
En la práctica, la educación pública es la única posibilidad real para que la amplia mayoría de los y las jóvenes colombianos, que no tienen recursos, puedan acceder a los estudios universitarios. Alguien se preguntaba por estos días ¿qué hubiera sido la vida de Pablo Escobar si hubiera tenido una educación pública de buena calidad?
En los países desarrollados, la educación pública juega un papel fundamental en la formación de nación, de sociedades más democráticas, de igualdad, de solidaridad, donde el hijo del carpintero estudia al lado de la hija del senador. Barack Obama contaba que él pudo acceder a los más altos niveles gracias a la formación que recibió en la educación pública. En Colombia, uno de los países más desiguales del planeta, la educación es un poderoso antídoto contra la inequidad. Es indiscutible que la educación superior está en quiebra. Y ahora, gracias a los estudiantes, lo sabe todo el país.
Esto, por supuesto, no es culpa de Duque, sino de un modelo que ha venido imponiéndose por todos los gobiernos desde el de Gaviria, en el que la educación fue una víctima del neoliberalismo, que consideró (y aún lo considera) que la privatización de lo público sería la varita mágica que transformaría a Colombia en otra Corea del Sur. Esto no ha sido el caso ni lo será.
La respuesta de Duque al paro ha sido torpe. El acuerdo que pactó con los rectores es, en primer lugar, insuficiente en recursos e incierto en su naturaleza. Pero es, sobre todo, inviable, ya que desconoce como interlocutores a los estudiantes, protagonistas del paro, y, por tanto, con quienes tiene que hablar y acordar. En vez, les manda el Esmad, como la principal expresión de política social del régimen. Además, Duque dice que no hay plata para la educación, pero que sí la hay para la seguridad y la defensa.
El único logro legislativo de Duque en sus primeros 100 días como presidente es haber salvado a Carrasquilla de la moción de censura, lo cual no agüera nada bueno para una administración que apenas inicia labores.
Duque habla de legalidad, emprendimiento y equidad como los pilares de su gobierno. Pues resulta que la educación pública es clave para lograr todas las anteriores. De hecho, en la campaña habló de la gratuidad universitaria para los estratos 1 y 2.
Por eso, creo que Duque podría y debería darle un vuelco total al manejo que le ha dado al tema hasta ahora. ¡Cójales la caña a los estudiantes! Lo que piden es justo, razonable y lo que el país está en mora de hacer hace décadas. Así como los bancos le exigen a la gente que pague sus deudas, le llegó la hora al Estado de pagar la deuda que tiene acumulada desde años con la educación superior pública.
Duque debe convocar un pacto por Colombia para el rescate financiero, la sostenibilidad y el fortalecimiento de la educación superior pública, como un propósito nacional, por encima de las diferencias partidistas e ideológicas, y constituirlo en una política de Estado, con el concurso de los estudiantes, de los integrantes de su coalición de gobierno, así como con Petro, Fajardo, Antanas y tantos sectores e individuos que han insistido en la educación pública como uno de los pilares de la democracia.
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En estos días, falleció Gustavo Bustamante, uno de los fundadores y el alma del Goce Pagano, templo de la salsa, de encuentros literarios y tertuliadero político por excelencia, que nos marcó a muchos y nos brindó horas y horas de deleite y hermandad. ¡Un sentido adiós y muchas gracias por el Goce!
*Profesor de la Universidad Nacional de Colombia y director de Planeta Paz.