Mientras continúa el paro nacional y no merma el estallido social, la noticia de la renuncia la semana pasada de Claudia Blum como canciller pasó relativamente desapercibida. No era de extrañarse, ya que su casi año y medio en el puesto (28 noviembre 2019 - 13 mayo 2021) también pasaron relativamente desapercibidos.
La verdad es que la señora nunca parece haber asumido el cargo. Todo indica que la preparación más seria que tuvo antes de tomar posesión fueron las instrucciones que recibió de Pacho Santos en una cafetería en Washington, cuyos audios fueron filtrados a los medios. Durante su gestión, no se le conocieron iniciativas interesantes ni ideas nuevas, ni hacia afuera ni hacia adentro. Los encargados del tema Venezuela en Cancillería comentan que ese asunto se maneja directamente desde Presidencia. Uno de los supuestos “logros” de la política exterior colombiana - la inclusión de Cuba en la lista de países patrocinadores del terrorismo por parte de la administración Trump - fue anunciado no por la Canciller, sino por el multifacético Miguel Ceballos, que cumple funciones varias, menos las de Alto Comisionado para la Paz. Las pocas veces que ella sí salió en los medios fueron por sus metidas de pata, las últimas dos gravísimas: afirmar ante el Consejo de Seguridad de la ONU que la existencia de las disidencias constituye un incumplimiento del partido Comunes y, días después, la divulgación de un video en inglés señalando a Petro de terrorismo urbano. Su mayor acierto fue haber renunciado y tiene el consuelo de que Carrasquilla la salvó de no ser el peor ministro de Duque.
Pero por pésimo que haya sido el paso de Blum por la Cancillería, lo cierto es que el problema es mucho más de fondo. Los lineamientos generales de la política exterior del gobierno Duque fueron trazados desde el inicio por su antecesor Carlos Holmes Trujillo (QEPD), antes de su traslado al Ministerio de Defensa, y se pueden resumir así: aliarse lo más cercano posible con Trump, liderar a nivel latinoamericano el derrocamiento de Maduro e ignorar en lo posible el Acuerdo de Paz, y cuando lo pregunten, mentir diciendo que lo están implementando echándoles el cuento de la “paz con legalidad”. Blum simplemente se limitó a repetir ese mismo libreto. Pero con un serio problema: el mundo cambió. Trump perdió, Maduro no se cayó y Biden solo habla del Acuerdo de Paz.
Gústele o no al gobierno Duque, tras décadas de ser sinónimo de narcotráfico y violencia, Colombia, con el Acuerdo de Paz, se convirtió en una “buena noticia” ante los ojos del mundo y recibió el amplio apoyo de la comunidad internacional, que se refleja en el hecho contundente e inusual de contar con el respaldo unánime del Consejo de Seguridad de la ONU a la Misión de Verificación.
Hoy Colombia reaparece en los titulares de los noticieros internacionales, pero ahora con escenas de brutalidad policial, disturbios y gases lacrimógenos que se confunden con las imágenes de violencia en las calles de Israel y los territorios ocupados. La Defensoría del Pueblo reporta más de 40 muertos y más de 160 desaparecidos, aunque las cifras de ONGs son más altas. El uso desproporcionado de la fuerza, la utilización de armas de guerra contra civiles protestando pacíficamente y abusos sexuales, entre otras violaciones a los Derechos Humanos, han sido ampliamente documentadas por centenares de videos para la vista del mundo. La tal apreciada “imagen del país” está por el suelo y tambalea la realización de la Copa América. En ausencia de una Cancillería, las réplicas provienen del Ubérrimo, afirmando que la ONU está manipulada por la “diplomacia del terrorismo”, que José Miguel Vivanco es realmente de las FARC y propagando la tesis conspirativa de la revolución molecular disipada de un neonazi chileno.
En Colombia, la política exterior suele ser malentendida como una forma de encubrir lo que pasa en el país y solo proyectar lo bonito, a veces, cambiándole el nombre a las cosas. En estos días, algún funcionario citado en la prensa se le ocurrió solicitar a los organismos internacionales no utilizar el término “desaparecidos” y reemplazarlo por “no ubicados”. Pero hoy la cruenta realidad es inocultable. Dicen que Duque regañó a Blum en su último Consejo de Ministros por el deterioro de la imagen del país, que ahuyenta a los inversionistas, a causa del caos televisado al mundo. Para decir algo en defensa de la ahora ex Canciller, eso sí no fue su culpa.
La única manera de mejorar la imagen de Colombia en el exterior es cambiando la realidad en casa. Eso implica detener la actual barbarie oficial y promover las salidas dialogadas, que empieza por reconocer las cosas como son.
Ante el desgobierno nacional, el papel de la comunidad internacional se vuelve vital. Es muy diciente que mientras el Embajador de Estados Unidos Phillip Goldberg haya iniciado su declaración frente a la crisis expresando condolencias a las familias de los fallecidos, aún no conocemos la primera llamada de Duque a la madre de alguno de las decenas de jóvenes asesinados por las armas de fuego del Estado. Sólo la presión desde afuera puede llevar al gobierno a alterar sus conductas y posiciones. 55 congresistas estadounidenses, liderados por Jim McGovern, han dirigido una fuerte carta a Biden pidiendo la suspensión de ayuda a la Policía colombiana. Son pasos de animal muy grande.
El hecho de que se le haya solicitado a la ONU, y que ésta hubiese aceptado, acompañar y mediar, junto con la Iglesia, en la mesa de negociación entre el Comité Nacional de Paro y Duque es un paso muy significativo. Pero, sobre todo, habrá que recordar lo que cantaban los manifestantes en las protestas en Chicago en 1968 ante la brutalidad policial: “The whole world´s watching!”. Hoy, a Colombia, efectivamente, ¡el mundo entero nos mira!
* Profesor de la Universidad Nacional de Colombia y Director de Planeta Paz