Duque es el primer presidente en 40 años de no haber intentado buscar la paz por la vía del diálogo. El último fue Turbay (1978-1982), que de todas maneras negoció con el M19 la toma de la embajada de la República Dominicana. Desde ese entonces, todos (Betancur, Barco, Gaviria, Samper, Pastrana, Uribe, Santos) adelantaron diálogos con los grupos insurgentes, algunos con éxito y otros no. Hasta Uribe conversó con el Eln en La Habana y en Caracas en 2005 y 2006.
Por lo contrario, Duque rehusó toda interlocución con el Eln, desaprovechando el hecho de que el gobierno de Santos había avanzado más que cualquiera en la larga historia con esa agrupación. El Eln, con el ataque a la Escuela General Santander en 2019, lamentablemente le dio la disculpa perfecta para romper. Duque no sólo no avanzó, sino que retrocedió. Desconoció las obligaciones del Estado colombiano frente a los protocolos con los países garantes y el único “éxito” de su primer Alto Comisionado para la Paz fue lograr que la administración Trump en sus últimos días incluyera a Cuba en la lista de países que apoyan al terrorismo. ¡Qué vergüenza!
La llegada de Gustavo Petro a la presidencia abre una gran oportunidad para retomar los diálogos con el Eln. El presidente-electo ha definido la paz como prioridad de su mandato y ha venido introduciendo elementos básicos que apuntan a una reconceptualización de la política de paz. Por una parte, la idea de la “paz total” involucra a las diferentes expresiones de violencia organizada, con negociaciones judiciales en la mayoría de los casos y negociaciones políticas para la minoría de ellos. Por otra parte, la propuesta de diálogos regionales vinculantes otorga liderazgo y protagonismo a las organizaciones sociales en los territorios. En cuanto al Eln, Petro ha dicho que respetará los protocolos y propone un cese al fuego bilateral. A su vez, por medio de su comandante máximo Antonio García, el Eln ha expresado disposición para iniciar conversaciones.
El nombramiento de Álvaro Leyva como canciller mandó un mensaje poderoso al país y al mundo de la paz como prioridad del nuevo gobierno. Que su primera reunión como ministro designado haya sido con los países garantes Cuba y Noruega fue una clara señal para el Eln. Las buenas relaciones con Estados Unidos que se evidenciaron con la visita de alto nivel de la administración Biden, así como el proceso hacia la normalización de relaciones con Venezuela, son claves para la reconstrucción de un contexto internacional propicio para un proceso con el Eln. Además, es de inmenso significado que el Consejo de Seguridad de la ONU, que en estos tiempos de invasión a Ucrania no se pone de acuerdo en nada, haya decidido de manera unánime reconocer el compromiso de Petro de buscar “una paz más amplia mediante el diálogo con otros grupos armados ilegales”.
Pero sin duda alguna, lo más significativo son los cambios históricos que vive el país. El hecho de tratarse del primer presidente de izquierda en la historia colombiana, elegido con un ambicioso programa de transformaciones democráticas, constituye un nuevo paradigma para la solución política. Negociar con un gobierno de esta naturaleza para el Eln es totalmente distinto a hacerlo con uno de derecha o del establecimiento. El escenario central para realizar las reformas del gobierno de Petro será el Congreso y la institucionalidad democrática, y no la mesa de negociación con el Eln, como sí lo fue la mesa con las Farc en los tiempos de Santos. El triunfo por la vía electoral de un proyecto de izquierda que coincide en gran parte con los reclamos históricos del Eln desvirtúa la lucha armada. A la vez, se le abre al Eln la posibilidad de contribuir a esta nueva etapa de la historia nacional. Por ejemplo, la participación de la sociedad, eje central de la agenda acordada, adquiere un nuevo sentido en el contexto de los diálogos regionales vinculantes. El nuevo paradigma de la solución política es sobre todo una inmensa oportunidad.
El proceso no será fácil. En estos años, el Eln ha crecido y se ha fortalecido. Las realidades de los frentes y la relación con la población local son muy diferentes según las distintas regiones. Las disputas por las economías ilegales con las disidencias de las Farc, el Clan del Golfo y demás organizaciones criminales hacen parte de la reconfiguración del conflicto armado que complejiza aún más el asunto. El carácter binacional del Eln agrega otra dimensión de dificultad, así como posiciones frente a temas como el secuestro y la justicia transicional. Mientras tanto, la delegación del Eln que se encuentra en La Habana lleva años aislada.
Lo cierto es que los vientos favorables que soplan son fuertes y esperanzadores. El Acuerdo Nacional que se está construyendo ofrece la oportunidad histórica para lograr consensos. A partir del 7 de agosto, la implementación integral y decidida del Acuerdo Final con las Farc, postergada durante los últimos cuatro años, empezará a revertir el lamentable incumplimiento estatal que le dio al Eln otra razón para no negociar. No se arranca de ceros: se cuenta con el acuerdo de agenda de 2016, las deliberaciones de Tocancipá en 2017 y la experiencia de un cese bilateral exitoso entre septiembre 2017 y enero 2018.
Muchísimo ha pasado en estos cuatro años. Aunque el conflicto se ha recrudecido, el país está cambiando. Un cese bilateral es positivo como objetivo, pero mientras tanto, un cese unilateral por parte del Eln, como los realizados en respuesta al llamado del Secretario General de lo ONU en la pandemia o con ocasión a las pasadas jornadas electorales, sería una gran contribución para propiciar aún más condiciones positivas hacia la solución política de este conflicto armando que lleva más de 70 años.
* Profesor de la Universidad Nacional de Colombia y director de Planeta Paz