Se cumplió el primer año de la presidencia de Joe Biden. Su llegada, luego de los cuatro años tormentosos de Donald Trump, despertó muchas esperanzas tanto en Estados Unidos como en el mundo. Darle fin a los discursos pendencieros, intolerantes e incendiarios de su antecesor, así como el peligro de nuevas caóticos escenas de violencia como la toma del capitolio, fue de gran alivio.
En sus primeros meses, su tono conciliador y su empatía humana le sirvieron a Biden para obtener importantes niveles de favorabilidad. Solo seis semanas después de la posesión, firmó el plan de rescate por 1.9 billones de dólares que significaron la ayuda para millones de estadounidenses afectados por el COVID-19. A la vez, el manejo exitoso de las vacunas y la reactivación de la economía crearon la sensación de que la pesadilla de la pandemia y la crisis estaba por terminar.
Sin embargo, la luna de miel no duró mucho. El primer gran golpe lo recibió con la debacle en Afganistán, donde una decisión acertada de retirar las tropas terminó siendo un humillante espectáculo de improvisaciones que pareció coordinado por los tres chiflados y no por expertos con experiencia que se suponía acompañaban al veterano Biden. Por otra parte, los demás objetivos de su ambicioso programa de reforma social se fueron estancando en el Congreso, en parte por la férrea oposición de los republicanos, pero sobre todo por las peleas internas entre los progresistas y los moderados de su propio Partido Demócrata. Esto generó un descontento y frustración en la ciudadanía que se evidenció electoralmente el pasado noviembre en Virginia, un estado sólidamente demócrata, que en 2020 votó por Biden, en 2016 por Hillary, en 2012 y 2008 por Obama, pero que para estas elecciones le dio el triunfo a los republicanos tanto en la gobernación como en ambas cámaras del legislativo estatal.
Pocos días después, luego de muchas peleas, en el Congreso finalmente lograron ponerse de acuerdo para aprobar una ley de un billón de dólares para reconstruir la infraestructura del país. Una victoria histórica tanto por el monto como por el alcance, y además muy significativa políticamente, ya que Biden logró no solo unir a todos los miembros de su partido sino también obtuvo el respaldo de 19 senadores y 13 representantes del partido opositor.
De todas maneras, los beneficios de este éxito solo se verán a mediano y largo plazo. De inmediato, el estancamiento volvió al Congreso, donde las iniciativas de mayor impacto que prometió durante su campaña, como el aumento del salario mínimo, la reforma de la policía, la ley de derechos al sufragio, la reforma a la inmigración y todo lo relacionado con cambio climático, se encuentran empantanados. No ha sido por falta de empeño personal, sino por las diferencias al interior de sus propias filas. El control en el Senado es tan frágil que el voto negativo de dos senadores demócratas, Manchin de Virginia Occidental y Sinema de Arizona, lograron hundir sus más recientes proyectos de ley.
A eso se le suma el agravamiento de la pandemia, tanto por la aparición de la variante omnicrom como por el alto número de estadounidenses que se niegan a vacunarse, de nuevo poniendo en aprietos al sistema de salud. Por otra parte, la recuperación económica ha traído consigo un aumento en la inflación, connatural a los ciclos de crecimiento económico, pero que termina golpeando duro especialmente a las clases medias y bajas. Por ende, los niveles de favorabilidad de Biden han caído drásticamente, a niveles tan o más bajos que los de Trump en su tiempo.
Este año no pinta nada fácil para Biden ni tampoco para sus copartidarios. Para las elecciones de noviembre, cuando se elije la totalidad de la Cámara de Representantes y un tercio del Senado, históricamente el partido en el poder pierde escaños. Así que dadas las precarias mayorías actuales, es probable que los republicanos vuelvan a tomar el control de una o ambas cámaras. Curiosamente el hecho de que el nombre de Trump no esté en disputa le quita fuerza a los demócratas, ya que él fue el gran aglutinador y motivador en 2020, cuando en verdad la gente no votó por Biden, sino contra Trump.
En lo internacional, el tenso pulso actual con Putin en torno a Ucrania, así como las disputas permanentes y múltiples con China y la incertidumbre de las pretensiones nucleares de Corea del Norte, entre muchas otras, constituyen desafíos mayores que pondrán a prueba su apuesta por la diplomacia.
Pero no todo está perdido. Muchas cosas pueden cambiar en los próximos meses. Últimamente, Biden se ha visto más agresivo y asertivo, como en el discurso del pasado 6 de enero al conmemorar la toma del capitolio o con su reciente intervención en Georgia a propósito de los derechos al sufragio.
El hecho de que hoy Trump no sea el presidente no es cosa de poca monta y eso se lo debemos a Biden. Pero evidentemente no es suficiente. Con Biden se esperaba un retorno a la normalidad y la tranquilidad, pero eso es mucho pedir en estos tiempos globalmente caóticos, impredecibles y conflictivos. Sobre todo en una nación con profundas divisiones culturales, una creciente desigualdad estructural, un racismo sistémico y una crisis ambiental sin precedentes. Finalmente Trump no fue la causa de los males sino su producto.
En su primer año, Biden ha demostrando que es más fácil ganar una elección que gobernar, especialmente cuando se trata de un país tan grande y en medio de una crisis tan profunda. Aún le quedan tres años para aprender de los errores y hacer las correcciones correspondientes.
* Profesor de la Universidad Nacional de Colombia y director de Planeta Paz.