Las objeciones del presidente Duque a seis artículos de la Ley Estatutaria de la JEP han desatado toda clase de reacciones. En el ámbito constitucional, ya Juanita Goebertus, a nombre de la bancada de la oposición, las desbarató con claridad y hasta la propia Corte Constitucional le dio la razón en cuanto a la práctica de pruebas en casos de extradición.
Es evidente que prolongar la incertidumbre jurídica de la justicia transicional es altamente inconveniente. Más grave aún, las objeciones develan la intención del uribismo de torpedear la JEP, y por tanto el Acuerdo Final con las Farc. Todas razones de peso para prender las alarmas de quienes lo defendemos. Sin embargo, permítanme sugerir que las objeciones de Duque también reflejan sus debilidades y limitaciones.
Para el uribismo puro y duro, las objeciones de Duque son chimbas. Por ninguna parte aparecen sus reales aspiraciones: que los comandantes de las Farc no puedan hacer política y se vayan a la cárcel. Por lo contrario, queda implícito que tuvieron que aceptar que eso era incompatible con cualquier acuerdo de paz, lo cual es un reconocimiento de que la bandera con la cual engañaron a millones en el plebiscito era una mentira.
El presidente “eterno” sí lo dijo de frente: lo mejor sería acabar con la JEP en su totalidad. La amenaza de una reforma constitucional para modificar el Acto Legislativo 01 de 2017 persiste y los objetivos del furibismo siguen siendo los mismos. Lo que pasa es que su capacidad para lograrlos es cada vez más limitada. Duque no la tiene tan fácil.
Por un lado, lograr la mayoría en el Congreso, más esquiva sin mermelada, no le ha sido fácil hasta ahora y temo que será aún más difícil con un tema que ya ha sido aprobado. Por otro lado, está la cruda realidad. Hay cosas que, por mucho que quisieran, no se pueden retroceder en el tiempo. Como bien le aclaró Pablo Catatumbo a Paloma Valencia, al recordarle que él era tan senador como ella. La decisión de las Farc de cambiar las armas por la palabra es incontrovertible, irreversible y contundente.
Además, el uribismo ya no es lo que fue. La bancada del Centro Democrático puede ser la más grande en el Senado, pero, por sí sola, está lejos de tener las amplias mayorías de la aplanadora uribista de antaño. El propio Uribe, que siempre mantuvo muy altos niveles de favorabilidad en las encuestas, hoy rivaliza con Petro por tener el nivel más alto de desfavorabilidad.
El país no es el mismo de 2002 en el que parece haberse quedado anclado el uribismo. Así lo evidencia la reconfiguración del mapa electoral de 2018. La gente ya no come callada, como lo manifestaron los estudiantes a finales del año pasado y lo están demostrando desde la semana pasada los indígenas. Y hasta ahora, lo único que ha logrado Duque con sus objeciones a la JEP es resucitar al movimiento social por la paz.
No estoy sugiriendo que las objeciones no se deban tomar en serio, ni que no existan graves amenazas para la paz, ni mucho menos que bajemos la guardia. Todo lo contrario. Las fieras son más peligrosas cuando están acorraladas.
* Profesor de la Universidad Nacional de Colombia y director de Planeta Paz.