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Controversia que ignora la experiencia internacional sobre intersección entre educación y empleo.
El respetado educador Julián de Zubiría reaccionó en su columna de este periódico a “la educación tiene que dar trabajo. Punto. Si no conecta con el empleo, no está cumpliendo su propósito”, de Juan Daniel Oviedo. “Simplifica en extremo la misión de la universidad”, sintetizó De Zubiría.
Es un buen debate. La primera pregunta es cuándo comienza la intersección entre el sistema educativo y el mundo del trabajo. No inicia en la universidad o educación superior, sino en la “secundaria superior” o educación vocacional, la que nosotros llamamos educación media (grados 10 y 11), que en el mundo suele ser de tres años.
En rigor, tendríamos que examinar la frase de Oviedo desde la educación media. La segunda pregunta, entonces, es cuánta elección estamos ofreciendo a los colombianos de 15 años, asumiendo que siguen en el sistema escolar terminando grado noveno. Elección entre trayectorias académicas (hacia la universidad) y trayectorias vocacionales (hacia el trabajo inmediato).
Como sabemos, la desigualdad socioeconómica (y cultural) limita la capacidad de elección y a eso le sumamos un diseño institucional de la educación media que restringe posibilidades. Doble talanquera.
Los de escasos recursos, en su mayoría, reciben educación de mala calidad, que no les desarrolla las competencias cognitivas, del carácter, sociales y culturales básicas para decidir con más conciencia y libertad de criterio su futuro.
Tras 10 años de escolaridad obligatoria (uno de transición, cinco de primaria y cuatro de secundaria básica), el sistema debería haber aplanado un poco la desigualdad, fortalecido el sustrato común de la colombianidad y preparado a los adolescentes para decidir su siguiente etapa formativa. No pasa (o pasa lo contrario). Deberíamos graduar de básica con una prueba de Estado como evaluación multidimensional e insumo para decisiones individuales.
En cambio, el sistema le ofrece a la mitad sobreviviente (la deserción previa, otro gran problema) una extensión de dos años de la secundaria básica, recargada de cosas caóticas, para finalmente evaluar a todos con un mismo Saber 11. Es decir, no ofrece opciones de trayectorias realmente para la elección del adolescente, algo menos difícil de arreglar que la desigualdad socioeconómica. De Alemania y China podemos aprender.
En Colombia no pegó del todo la Clasificación Internacional Normalizada de la Educación, de la Unesco (2011), con sus descripciones (ISCED 2, secundaria baja; ISCED 3, secundaria alta; ISCED 4, postsecundaria no terciaria; ISCED 5, terciaria de ciclo corto; ISCED 6, terciaria, y siguen 7 y 8). No le prestamos debida atención a los niveles 3, 4 y 5. De hecho, 4 y 5 se enfocan en habilidades para el mercado laboral, y el profesor De Zubiría parece preocupado solamente por el nivel 6 (universidad). Si se fijara en los niveles 3, 4 y 5 no le quedaría tan fácil blandir el siempre bienvenido enfoque humanista.
Según la Unesco, “los programas de la secundaria superior se caracterizan por impartir a los estudiantes un tipo de instrucción más diversificada, especializada y avanzada que los programas del nivel ISCED 2. Asimismo, presentan un mayor grado de diferenciación y ofrecen un espectro más amplio de opciones y ramificaciones dentro del mismo nivel. Con frecuencia, los docentes han recibido una sólida formación en las asignaturas o campos de especialización que enseñan”.
Es claro que nuestra educación media está lejos del estándar internacional, y la articulación con el Sena simplemente reproduce y aumenta fallas de su formación (por los contingentes cautivos de estudiantes): sin demanda, sin certificación de competencias laborales estructuradas por el Marco Nacional de Cualificaciones, sin experiencia práctica, sin encadenamiento de créditos entre niveles educativos.
“Que la educación dé trabajo” interpela a la educación media, a la educación para el trabajo y el desarrollo humano, al nivel técnico laboral, al técnico profesional, al nivel tecnológico… y también a los grados universitarios para alcanzar un crecimiento alto y sostenido.
Más bien lo que valdría recordarle a Oviedo es que “si la educación da trabajo, logramos formalizar la economía como nos lo merecemos” pasa por una sincronización de reformas educativas y económicas.
La visión humanista hay que reservarla para mejores batallas. Sin bienestar material no tendremos el bienestar espiritual y cultural. El propósito (principal) de la educación sí es el trabajo porque los derechos no se pagan solos.
