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Cultura organizacional e incentivos en universidades públicas

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Daniel Mera Villamizar
03 de agosto de 2026 - 05:04 a. m.
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El servicio, la innovación y el logro dependen del diseño institucional de la financiación pública.

En las instituciones de educación superior o posmedia necesitamos una cultura organizacional de servicio, innovación y logro. De servicio al estudiante, al desarrollo productivo y a la sociedad. De innovación en todas las áreas para alcanzar eficiencias y economía. Y de logro para cumplir metas ambiciosas escalonadas y medibles.

Cultura organizacional viene siendo el patrón de premisas básicas, declaradas y subyacentes, que operan en un grupo al enfrentar desafíos externos y para su integración interna, parafraseando a Edgar Schein.

Lo que tenemos de cultura organizacional es distinto o adverso a lo necesario. Los intereses del docente están por encima de los intereses de los estudiantes. El desarrollo productivo se mira con desinterés o desconfianza hacia las empresas. Y el servir a la sociedad se confunde con cultivar la propia ideología política.

Frente a la innovación, internamente las universidades son resistentes al cambio, y su compromiso con la innovación en las industrias, prácticas sociales y organizaciones es bastante débil. El logro, a su vez, es una noción que se diluye por responsabilidades difusas y carencia de metas especificadas.

Entre las evidencias de este cuadro están el privilegio salarial del docente investigador en detrimento del docente instructor o formador de estudiantes, la persistencia de perfiles de egresados de pregrados que tienen poca demanda laboral, la proliferación de trabajos de grado de escasa relevancia que obedecen a preferencias teóricas y no a problemáticas del mundo real de determinada escala.

Cualquiera que conozca universidades públicas y privadas de primer nivel nota de inmediato la diferencia de cultura organizacional derivada de que unas dependen financieramente de los estudiantes y las otras no. Unas buscan maximizar los beneficios de los estudiantes y las otras van a la zaga. El resultado es una diferencia drástica en la cultura de servicio.

Lo que lleva al diseño institucional del sistema, específicamente a las reglas de financiación de la oferta y la demanda. La reciente Ley 2568 de 2026 mantiene los subsistemas separados (estatal y privado), privilegiando la financiación de la oferta, perpetuando esa raíz estructural del problema de cultura organizacional.

La innovación como motor del desarrollo económico y social es una función que las instituciones de educación posmedia pueden asumir mejor si se institucionaliza de modo transversal en los factores de evaluación de la acreditación de alta calidad y si la financiación pública la premia.

Desarrollar una batería sofisticada y flexible de indicadores de innovación en los distintos factores de acreditación institucional contribuirá más al respectivo componente de la cultura organizacional que todos los discursos de ocasión. La innovación y el servicio son consustanciales.

Un país decidido a usar la innovación para impulsar su desarrollo simplemente crea un sistema secundario para reconocer una fracción del valor creado por estudiantes y docentes con nuevas o mejores soluciones para problemas de industria, sociales y de índole económica. Una reconceptualización de la “extensión y proyección social” iría de la mano.

La cultura del logro se refuerza con medir las metas de servicio e innovación (y las demás), como una responsabilidad distribuida claramente en los distintos niveles de la organización, por las cuales responde el rector ante el Consejo Superior Universitario, una instancia cuyas sillas deben estar protegidas del tráfico de favores con el rector, al menos las de los miembros externos.

Pero esa es otra conversación seria que también hemos postergado.

@DanielMeraV

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